Opinión |26 Nov 2012 - 11:00 pm
Anancyland
Por: Jaime Arocha
La nación de Anancy consiste en redes de parientes que van desde el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, a la costa limonense de Costa Rica, a Bluefields en Nicaragua, a las costas afrohondureñas, a Guatemala y Belice por los Garífunas, a Corn Islands, a Jamaica, a Colón en Panamá y a Bogotá, que alberga gente raizal desplazada.
La forman quienes fueron educados por sus abuelas en las historias de Anancy, la araña cuya astucia le permite vencer a Tío Tigre y a otros adversarios más poderosos que ella. La trajo gente de afiliación Akán que los ingleses comenzaron a importar a finales del siglo XVII desde Ghana y Costa de Marfil hacia el Caribe insular y el litoral pacífico colombo-ecuatoriano, donde la llaman Ananse. En África occidental representa a un Prometeo que no sólo le dio el fuego a la humanidad, sino la sabiduría que en secreto atesoraba el dios Niamen.
Anancyland va más allá del archipiélago y los cayos, y su origen antecede los de Colombia y Nicaragua. De ahí que la Unesco hubiera reconocido a la Seaflower como una de las reservas de biósfera más importantes del planeta. Hoy el fallo de la Corte Internacional de La Haya amputó 54% de ese territorio protegido, dejándolo a merced de petroleros ansiosos por librarse de la militancia de la gente raizal a favor de la salvaguardia de su joya ambiental. Sin embargo, era imposible que la Corte Internacional le incorporara a sus consideraciones la relación entre la reserva de biósfera Seaflower y Anancyland. Quienes tenían los medios para defender esa posición no figuraron en la lista de invitados a La Haya.
En 2007, semejante ninguneo tuvo varios hitos que no excusan aquellos que los antecedieron, ni los que se siguen presentando de acuerdo con esa preconcepción absurda de que la gente raizal goza de una especie de infantilismo atávico. El 20 de julio de ese año, la administración Uribe Vélez celebró una parada militar para que la exhibición de armas ratificara la soberanía que tenía en mente. Tres meses más tarde, tuvo lugar una feria de flores con “desfile de silleteros, serenata antioqueña, fiesta paisa, tango, cabalgata, tablados, trovas […]”, y no hacía mucho tiempo el mismo gobierno había inaugurado una vía peatonal con perfumerías y almacenes de ropa de marcas internacionales. Los negocios de las isleñas se limitaban a ventas ambulantes de comida. De ahí el cartel de una manifestación raizal: “[…] no tenemos calles, empleo, hospital, ni un país en quien confiar… Pero sí tenemos vía peatonal”. Por su parte, en Providencia tuvieron que pintar los techos de las casas en amarillo, azul y rojo, para que, desde el avión, al viajero no le asaltaran dudas acerca de los límites de la patria. Para afianzar esa concepción, ese mismo presidente nombró a Juan Guillermo Ángel como alto consejero presidencial para el Desarrollo de San Andrés y Providencia. De acuerdo con la gente raizal se trataba de un virrey, cuya misión puso en tela de juicio mediante palabras en creole, como las de un afiche para una demostración: “wi niid non muo fals ienjel, aal wii niid iz self-ditormination, yeeh dat da weh wii rilli niid” —no necesitamos más un Ángel falso, todo lo que necesitamos es autodeterminación—. Ese ideal de autonomía raizal debe ser la brújula para las negociaciones diplomáticas que se imponen para amparar el porvenir de Anacyland.
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Jaime Arocha | Elespectador.com
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