Opinión |3 Dic 2012 - 11:00 pm
La locura del billete
Por: Rafael Orduz
Los últimos años han sido pródigos en colapsos de sólidas compañías en el mundo financiero y, con ellas, de algunos de los empresarios y ejecutivos que las operaban.
Los años inmediatamente anteriores al caos del 2008 en Wall Street estuvieron precedidos de las bendiciones de las agencias calificadoras de riesgo y del silencio de las instituciones de control.
Pagan justos por pecadores y es imposible no encontrarse con las trampas y los delitos de algunos de los artífices de las burbujas de prosperidad que les enriquecieron.
Detrás de la aparente solidez en la personalidad de los líderes se esconden, con frecuencia, comportamientos que, de conocerse previamente, hubieran ahuyentado a cualquier cliente que quisiera depositar en ellos la confianza de administrarles sus recursos.
Algunos recordarán todavía el documental de 2010 Trabajo confidencial (Charles Fergusson), sobre la forma como se gestó el desastre financiero del 2008 en los Estados Unidos y los vasos comunicantes con Europa y Asia a través de la diseminación de activos tóxicos disfrazados de sofisticados derivativos financieros. Quizás algunos también hayan visto, hace unos meses, la película Margin Call (actúan Kevin Spacey y Demi Moore), inspirada en la caída de Lehman Brothers.
Más allá de los mecanismos que condujeron al colapso financiero, sustentados en la mezcla de las mentiras y la codicia sin límites y, peor aún, la forma en que los protagonistas pasaron agachados, vale la pena recordar cómo se suelen enloquecer con el billete rápido los actores del desastre, sobre todo durante las épocas de las vacas gordas, es decir, del enriquecimiento rápido.
En el documental se muestra cómo, mediante experimentos de neurociencia (resonancias magnéticas aplicadas a individuos del mundo financiero) que examinaban cambios cerebrales ocurridos durante la simulación de juegos en los que el premio consistía en ganar dinero, se estimulaba la misma zona cerebral que el consumo de cocaína activa.
El psicólogo terapeuta de muchos ejecutivos de alto nivel de Wall Street (J. Alpert) los describe como adictos al riesgo, extremadamente impulsivos, que distribuyen el ocio entre costosas prostitutas, el consumo de drogas, sus carros Bentley y Porsche y sus inversiones inmobiliarias. Irradian seguridad a partir de su apariencia y sus patrones de consumo y su inmediata capacidad de tomar decisiones.
En ambas películas se retrata la enorme capacidad de burlar los propios estados financieros de las compañías que representan (lo más inofensivo son las cuentas de prostitutas pagadas contra inexistentes investigaciones de mercado o asesorías jurídicas, amén de equívocas inversiones con el dinero ajeno) y la facilidad con que caen en la deslealtad entre colegas en los momentos de crisis.
En nuestro mundo criollo aparece la crisis de Interbolsa y con ella algunos de los síndromes de la locura por el billete: la trampa, la mentira, las acusaciones recíprocas, el silencio previo de la Superintendencia y de la misma Bolsa.
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