Opinión |3 Dic 2012 - 11:00 pm
Palestina
Por: Marcos Peckel
Sesenta y cinco años después de la resolución de partición de Palestina en dos estados, uno judío y uno árabe, la Asamblea General de la ONU aprueba por amplia mayoría el reconocimiento de Palestina como “Estado no miembro”, Estado que debió haber surgido junto con Israel, pero cuyo nacimiento fue truncado por la guerra iniciada contra la nación judía por los países árabes.
Esta resolución de indudable simbolismo es un triunfo para el presidente Mahmud Abas, pero en la práctica poco cambia, y a menos que este nuevo estatus se aproveche para reiniciar el proceso de paz con Israel, nada se habrá logrado en lo que debe ser el verdadero objetivo: un Estado palestino independiente en Gaza y Cisjordania conviviendo en paz con Israel.
Si, por el contrario, la finalidad es acudir a la paquidérmica e ineficiente Corte Penal Internacional a acusar a israelíes y seguir en la retórica de las culpas y la victimización, sólo se generarán mayores obstáculos a este complejo entramado.
El principal obstáculo que sigue enfrentando la negociación es la honda división entre Hamás y Fatah, grupos con concepciones opuestas sobre cómo resolver el conflicto con Israel. En el último año hubo sin embargo un cambio político significativo cuando Hamás denunció el régimen de Al Asad y declaró su apoyo a los rebeldes sirios, abandonando su alianza con Irán y ubicándose en el eje suní con Egipto, Arabia Saudita, Turquía y Qatar, países cuyo interés es lograr un acuerdo de paz entre Israel y Palestina con base en la solución de dos estados. Hamás tendrá que decidir si reconoce a Israel y renuncia al terrorismo, volviéndose parte de la solución, o si con sus cohetes sigue enterrando al Estado palestino.
Por otro lado, el desafortunado anuncio de Israel de construir 3.000 unidades de vivienda en Jerusalén Oriental es echarle mas leña al fuego del conflicto.
El reconocimiento a Palestina por parte de la ONU y la reciente confrontación en Gaza crean fuertes presiones sobre todos los actores, especialmente Estados Unidos, para impulsar el estancado proceso de paz y llegar definitivamente a una solución que responda a las necesidades de seguridad de Israel y a las expectativas palestinas de independencia.
Es un proceso excesivamente complejo donde cada tema en la agenda es en sí mismo un desafío: fronteras, asentamientos, refugiados, seguridad y reconocimiento. Se requiere voluntad de compromiso, una buena dosis de imaginación, paciencia y una coyuntura internacional favorable.
En este conflicto de narrativas contradictorias y procesos de paz fallidos, el tiempo para lograr la solución de dos estados se sigue agotando y a menos que se reanuden las negociaciones, el Estado palestino no será sino una silla en la Asamblea General.
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