Opinión |5 Dic 2012 - 11:00 pm
Infidelidad femenina y el tamaño de los testículos
Por: Klaus Ziegler
Es curioso que el gorila, el más corpulento entre los grandes simios, exhiba un par de diminutos testículos, mientras que el pequeño chimpancé bonobo posea genitales dieciséis veces más grandes.
Este hecho, en apariencia extravagante, obedece a uno de los muchos mecanismos de competencia sexual desarrollados durante la historia evolutiva de algunas especies, incluida la nuestra. Existe evidencia suficiente para demostrar que en los monos antropoides, el cociente entre el peso testicular y el corporal guarda estrecha correlación con la frecuencia de apareamientos de una misma hembra con distintos machos. En lenguaje llano y plano: entre menos fiel la hembra, más boludo el macho. La increíble conjetura se debe a Meredith Small, profesora de antropología de la Universidad de California.
Según Small, grandes genitales irían asociados a una mayor poliandria, mientras que una dotación pequeña indicaría una monogamia femenina extendida en la especie. En el caso del gorila, por ejemplo, cada macho dominante posee dos o tres hembras fieles, lo que explicaría sus testículos minúsculos. En contraste, el voraz apetito sexual de las bonobas sería el responsable de los voluminosos genitales de sus enamorados, diseñados para eclipsar el semen de cualquier adversario.
Da tristeza ver a los pobres chimpancés alfas cada vez que sus hembras entran en celo. De arrogantes tiranos pasan a cornudos miserables: incapaces de controlar a sus parejas ninfómanas, corren de un lado a otro enloquecidos por la testosterona, nerviosos, iracundos. Y mientras se baten a dentelladas, sus hembras aprovechan el fragor de la batalla para lanzarse sobre aquellos penes de menor estatus que esperan en la clandestinidad su oportunidad única. Se ha comprobado que durante el celo cada hembra puede llegar a copular hasta cincuenta veces en un mismo día.
Pero de la ley de Small se infiere otro corolario: entre menos voluminosos los testículos, mayor el dimorfismo sexual. En esta escala, nuestra especie caería en un punto medio entre el enorme gorila, amo absoluto de su harén, y el chimpancé bonobo, el pequeño gran boludo de la familia. Pero a pesar de la mayor corpulencia del macho en la especie humana, nuestros testículos, sin embargo, no son precisamente los dos pequeños globos del gorila. Su apreciable volumen sería la impronta de la infidelidad femenina a lo largo de milenios. Y las estadísticas parecen comprobarlo, pues se estima que alrededor del 5% de los hombres terminan criando hijos ajenos. El principio podría sintetizarse en una máxima: “bolas grandes, cuernos largos”.
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