Opinión |10 Dic 2012 - 8:05 am
Peligrosísimos homosexuales
Por: Diego Aristizábal
Mírelo, ahí viene, es peligrosísimo, cuidado que puede morder o incluso infectar con su mirada.
No se confíe, con esa carita aparentemente bonachona puede causar estragos, ocasionar los mismos efectos que Medusa pero en la sangre, en el deseo. Ni se le ocurra tocarlo, darle la mano porque de pronto lo contagia de esa enfermedad tan grave que lleva por dentro y que desea que todos tengamos. Él y sus secuaces son terribles, seres despreciables, malnacidos, dañados. Así se parezcan mucho a nosotros los normales, no nos llamemos a engaño, ellos son frutos podridos que si nos descuidamos fácilmente corromperán a los seres impolutos como nosotros que vamos a misa, comulgamos, oramos para que la especie humana no se degenere más por culpa de esos seres rarísimos. Ya está pasando, cuidado, ojo con respirar ese residuo de aire que deja y huele a él. Tranquilo, ya se fue, ya no hay peligro, pero hay que seguir teniendo mucho cuidado porque en cualquier momento vuelve a aparecer un enfermo de esos y más ahora cuando esos degenerados quieren que exista el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Mejor echémonos la bendición y entrémonos rápido a misa para que nada malos nos pase, para que blindemos con nuestros rezos a esta humanidad tan pobre y desdichada.
Lo anterior lo he construido partiendo de opiniones que he escuchado en diversos ámbitos. Las bocas de distintas edades se han abierto para juzgar casi como herejes a los homosexuales que en una sociedad como la nuestra poco a poco han tratado de ganarse un espacio, unos derechos. La tarea no ha sido fácil porque todavía ronda por las calles y en la mente de ciertos congresistas la idea de que estas personas son despreciables, no pueden ser, bajo ninguna circunstancia, normales. ¿Hombre con hombre, mujer con mujer? ¡Pues cómo! ¡Eso es aberrante!
Según el secretario de la Conferencia Episcopal, José Daniel Falla, reglamentar el matrimonio homosexual sería socavar los valores de la sociedad. “Que se legalicen los matrimonios para los homosexuales es abrirles a los jóvenes la posibilidad de creer que ese camino es igualmente válido” (El Tiempo, 7 de diciembre). Y la verdad esa es la idea. No se nos olvide que estamos en una sociedad libre donde todas las personas pueden desarrollar su personalidad sin más limitaciones que las que imponen los derechos de los demás. Un país que afirma en su Constitución que es un Estado social de derecho donde todas las personas son iguales ante la ley, debería velar más por el cumplimiento de lo que significa esto sin que a cada instante la Iglesia católica se vuelva el ente regulador de lo que está bien y de lo que está mal.
Además ¿qué es una familia normal?, ¿una bíblica, repleta de hijos? Yo conozco muchas parejas heterosexuales que se casaron y optaron por no tener hijos, se oponen a perpetuar esta especie lamentable que se devora. Quién dijo que uno se casa con otra persona sólo para procrear, uno se une con otra persona para acompañarse, para soportar la vida entre dos. Ese cuentico de la familia “normal” le ha hecho muchísimo daño a este país de familias sin planificación que se reproducen como conejos.
Si deseamos pregonar la armonía en la sociedad debería aprobarse sin problema el matrimonio entre individuos del mismo sexo. Como dijo mi madre apenas se enteró de que un buen amigo era homosexual y vivía con su pareja: “Desde que se quieran y se respeten yo no le veo ningún problema”. Lo mismo pienso yo, no entiendo por qué a ciertas personas y a ciertos curas les cuesta tanto entender esto.
desdeelcuarto@gmail.com / @d_aristizabal
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