Opinión |11 Dic 2012 - 11:00 pm
VisiónGlobal
Colombia necesita diplomacia
Por: Arlene B. Tickner
La semana pasada, a propósito del fallo de la Corte Internacional de Justicia, reflexioné acerca del limitante político-cultural principal que enfrenta Colombia en materia de política exterior y que le impide ocupar el lugar en el mundo que correspondería a su ubicación geoestratégica y tamaño. Se trata del uso del servicio exterior por parte de las élites nacionales como si fuera un patrimonio personal en lugar de un bien público. Sin embargo, mi análisis se quedó corto al lado del conjunto de aflicciones que padece la diplomacia colombiana, cuyas raíces son, creo, esa misma miopía.
Pese a que aspectos como la excelencia en el ejercicio de las funciones diplomáticas, el uso de sistemas rigurosos de evaluación y la creación de un balance idóneo entre políticas estatales de largo aliento y las coyunturales de gobierno han sido identificados hasta el cansancio como sine qua non de cualquier reforma de la arquitectura diplomática, al considerarla botín suyo. La clase política en Colombia nunca ha considerado perentoria su modernización.
Lo que la apertura e internacionalización de la economía lograron para los funcionarios de comercio exterior y el conflicto armado y narcotráfico para los de seguridad y defensa —impulsar su profesionalización y tecnificación—, la globalización y las nuevas realidades mundiales no han podido hacerlo para los de relaciones exteriores. Mientras que el Ejército y la Policía, por ejemplo, hacen gala en el extranjero de su know-how en temas de guerra y combate al crimen organizado, en la Cancillería reside una de las carreras diplomáticas más endebles de América Latina si no la del mundo.
Quienes se dedican al servicio público mediante la carrera diplomática, con toda razón, no se sienten respaldados por los gobiernos ni la sociedad como los gestores principales de la política exterior de Colombia. Al verse sometidos a la lógica perversa del clientelismo y no al desempeño, los incentivos para perfeccionar su labor, incluso para los más brillantes, son pocos. Adicional a ello, los procesos de capacitación y evaluación de los diplomáticos profesionales son engorrosos y deficientes, mientras que son casi inexistentes para los “políticos”. Ascender el escalafón hasta ser embajador, a su vez, no exige más que cumplir los tiempos ni significa mucho, porque la mayoría de los puestos están ocupados por “amigos” del presidente.
En contraste con muchos otros países que cuentan con un sistema amplio y transparente de información sobre la política exterior, en Colombia todo lo concerniente a los cargos diplomáticos, el presupuesto de las distintas embajadas y consulados y la gestión en el exterior se guardan como secreto de Estado. Con ello, tampoco es posible ningún seguimiento ni veeduría ciudadana.
Jactarse de ser la segunda economía de América del Sur o líder regional no tiene mucho sentido cuando al mismo tiempo Colombia carece de las habilidades diplomáticas que exige dicho status. Un contexto global dinámico y cambiante exige una diplomacia flexible, versátil y proactiva, y también responsable ante la sociedad a la cual supuestamente debe servir. En la coyuntura actual, el desarrollo de un plan estratégico de reforma del aparato diplomático colombiano basado en un proceso abierto y con la participación de expertos independientes y no sólo simpatizantes del status quo se vuelve una necesidad urgente.
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Arlene B. Tickner | Elespectador.com
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