Por: José Fernando Isaza

¡Arrepentíos!

El fin se acerca. Las profecías mayas señalan con gran precisión el 21 de diciembre de 2012 como la inevitable cita con el fin de los tiempos. Estos escritos fijan el 13 de agosto de 3114 antes de nuestra era como el día de la creación del mundo.

Los mejores estimativos cosmológicos le asignan al universo una antigüedad superior a los 12.000 millones de años; en nuestro planeta hay evidencia de fósiles que permiten concluir que la Tierra tiene al menos 4.500 millones de años. Esto hace difícil armonizar la fecha del fin del mundo cuando el estimativo del inicio no es ni parecido a lo que han encontrado los cosmólogos y los paleontólogos. En aras de la justicia, con los astrónomos mayas, es bueno recordar que en el siglo XVII el arzobispo inglés James Ussher calculó la fecha de la creación del mundo: 23 de octubre del 4004 a. de C., del mismo orden de magnitud que la calculada por los mayas. No contento con esto, estimó en 6.000 años la duración del cosmos. Por lo tanto, el mundo se acabaría en 1996. Hay evidencias de que esto no ocurrió. Volviendo al calendario maya, calcula la duración del mundo en 5.126 años; como se creó en 3114 a. de C., pues ni modo, se acaba en 2012.

Los creacionistas en Estados Unidos, que generalmente pertenecen al Partido Republicano y a su sección Tea Party, hacen coincidir los seis días de la creación, y la consiguiente juventud de la Tierra, con la realidad de los largos períodos geológicos, afirmando que el Creador introdujo fósiles cuando acabó su obra.

Por supuesto que el mundo puede sufrir una catástrofe cósmica. Hace cerca de 60 millones de años un aerolito, al chocar contra la Tierra, produjo una nube de polvo que redujo la capacidad de fotosíntesis y extinguió los dinosaurios. En fecha más reciente, el 13 de julio de 1908, en Tungustan, Siberia, un aerolito destruyó cientos de kilómetros cuadrados de vegetación subártica. Como el sitio era inaccesible y despoblado sólo llamó la atención varios lustros después. Periódicamente se acerca un aerolito a la Tierra a una distancia menor que la de la Luna. Los científicos están analizando y diseñando técnicas que permitan disminuir el impacto o modificar la órbita de un objeto que se acerque peligrosamente al planeta.

En octubre de 1962 el mundo estuvo cerca de su cataclismo final. La crisis de los misiles cubanos; si el submarino de Estados Unidos atacaba el barco ruso, Cuba, que tenía tres misiles con ojivas nucleares, respondía. En sus memorias, Robert McNamara relata que en una visita a Cuba oyó a Fidel Castro decir que habría atacado Nueva York, Miami y Washington. Cuando McNamara sorprendido le pide que repita, Castro confirma, y ante esa respuesta McNamara le pregunta si él era consciente de que la respuesta de EE.UU. destruiría la isla. Castro responde que era el costo de mantener el socialismo.

El arsenal nuclear de la Guerra Fría era suficiente para destruir varias veces la civilización urbana; a lo anterior debe añadirse lo que Nigel Calder llama el invierno nuclear, una guerra atómica durante el invierno boreal; además, la destrucción de las ciudades levantaría una nube de polvo que reduciría aún más la capacidad de fotosíntesis en el invierno. El resultado: la extinción de casi todas las especies, incluida el hombre. Es más probable que éste acabe con su especie, a que esta tarea la realice un cataclismo cósmico.

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