Por: Rodolfo Arango

Realinderamientos políticos

2013 promete ser un año intenso en definiciones políticas en el sistema de coaliciones de gobierno. El Partido de la U quedará irremediablemente dividido en dos grupos antagónicos: Primero Colombia, con Uribe encabezando lista al Senado, y el Partido de la U “desuribizado”, con quienes se mantengan fieles al actual mandatario. La ruptura ha quedado bien plasmada en la mórbida —como todo en él— frase del asesor de Uribe, José Obdulio Gaviria: “En 2013 Santos será un cadáver político”.

El campo para la redefinición ideológica será el proceso de paz con las Farc. Primero Colombia le apuesta a su fracaso, como queriendo reeditar el ascenso de Uribe en las postrimerías del Caguán. El presidente ha fijado como plazo máximo para mostrar resultados tangibles noviembre de 2013, fecha límite para manifestar al país si pretende reelegirse. Como en el pasado, paz o guerra será el factor crucial en la próxima contienda electoral.

Uribe necesita arrasar en el Congreso para controlar el peligro que representa el proceso criminal que se sigue en Estados Unidos a su jefe de seguridad como gobernador y presidente, el general Santoyo, por vínculos con el paramilitarismo. Con el tiempo el expresidente tendrá a Colombia por cárcel y el retorno al poder político como su única defensa contra eventuales condenas por cortes internacionales. Para tal fin resulta eficaz acudir al nacionalismo belicista en lo interno y lo externo. Por su parte, el Gobierno utilizará a fondo su poder burocrático, las reformas antisociales a favor del empresariado (eliminación de los parafiscales) y las prácticas clientelistas para permanecer en el poder, trato al que son sensibles políticos y parlamentarios afectos a una visión realista del poder.

Serán los partidos políticos tradicionales los llamados a desempatar el chico Uribe-Santos. El resultado electoral de 2014 dependerá de hacia dónde se inclinen los hermanos godos o los gobiernistas liberales. Las cartas ya parecen echadas. Ordoñizados y enemigos de redistribuir tierra y poder político, los conservadores son más afectos al candidato Uribe. Y lo serán más cuando la mermelada se vaya agotando y las encuestas castiguen al primer mandatario. El liberalismo, aliado del Gobierno en reformas regresivas como la tributaria o del fuero militar, aspira a verse recompensado ministerialmente y confía en poder conformar con la U la coalición de gobierno 2014-2018.

Los demás partidos y movimientos políticos —Polo, Progresistas, Verdes, Mira, Cambio Radical, PIN, ASI, Pido la Palabra, etc.— lucharán por superar el umbral y ampliar sus apoyos electorales; los unos intentando movilizar al electorado abstencionista y los otros recogiendo las migajas de la gran coalición uista-godo-liberal.

Un factor imprevisible podría, no obstante, trastocar el reacomodamiento partidista. Que las Farc, luego de un acuerdo relámpago, se desmovilicen, depongan las armas y se dejen contar en las urnas. Aunque remota y difícil de concretar en la mesa de negociaciones, esta posibilidad subsiste. Para hacerla realidad sería indispensable que las Farc entiendan que ellos y el país ganarían más si aceptaran realizar gradual y democráticamente los cambios estructurales deseados, no mediante actos refundacionales o constituyentes de la Nación. Lo último sería comprensible si hubieran derrotado militarmente al Ejército. Lo primero es necesario para evitar el baño de sangre que parece estar dispuesto a orquestar el nacionalismo conservador recargado.

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