Por: María Elvira Bonilla

Una reflexión de Navidad

El Arzobispo de Cali, Monseñor Darío Monsalve, tiene voz propia. Habla fuerte y directo a la hora de vincular sus reflexiones espirituales y humanísticas como pastor de la Iglesia con la realidad cotidiana de la gente.

Siempre, pero ahora lo ha hecho en estos tiempos de Navidad. Intenta por todos los medios lograr que esta celebración que moviliza y sensibiliza a amplios sectores de la población mundial, cristianos o no, practicantes o no, se libre de la inexorable banalización, ahogada por un consumismo que logra mercantilizar todo y arrebatarle el sentido, para rescatar algo de su espíritu original. Navidad como un momento de reencuentro, de gratuidad simbolizada en regalos y de gestos, pero también de reivindicación de las emociones sencillas que tejen la trama de la vida.

A pesar de mi pensamiento secular, encuentro que la relectura contemporánea de la Navidad que hace monseñor Monsalve vale la pena ser divulgada y por esto he querido abrirle espacio en esta columna para compartir apartes de su reflexión. Esto dice el obispo:

“Desde este domingo empezaremos a vivir la Novena del aguinaldo, como preparación a la Navidad, al nacimiento de Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre. La haremos en un contexto cada vez más excluyente de Dios y del prójimo, en la vida que nos dicta la cultura de lo individual, la cultura del libre mercado y de la libertad sin límites. Contexto que, para nosotros, violenta la vida como principio que es, de todos los derechos. (…) Violencia, miseria y esterilidad narcisista, en la que no se busca al ‘otro’ sino al que prolonga, de algún modo, el propio ego, son las características de una cultura suicida, depredadora de vidas humanas y de la naturaleza creada que las alimenta.

”Se especula mucho con ‘el fin del mundo’ en estos días inmediatos. Pero no caemos en cuenta que nosotros mismos lo estamos destruyendo a pasos agigantados, con todo el acervo de ‘políticas públicas’ y leyes absurdas, revestidas de un falso progreso. Basta con escuchar sobre la masacre de Connecticut, en Estados Unidos, para comprender la insensatez de la hora actual, la locura del libre mercado de las armas. Pero, en medio de tantas cosas grandes y bellas y de tantas tragedias horrendas, nosotros vivimos nuestra hora nacional, la hora de la paz en Colombia. Junto a la mesa de conversaciones en La Habana, montemos todos una ‘mesa redonda’ en torno al pesebre y a sus imágenes de la vida en movimiento, en peregrinación hacia el portal de Belén.

”Un niño, una pareja de esposos y padres, un entorno de pobres y excluidos, una marcha de las ‘razas humanas’ (África, Europa y Asia), de los sabios y ricos, de los ‘paganos’ que entran en la fe y buscan a Dios siguiendo una estrella, guiada a su vez por el niño del pesebre, como hacen los Magos de Oriente; una armonía entre Dios, los humanos, los ‘irracionales’ (el buey y la mula) y el cosmos: todos ellos son signos de paz que nos ayudan a volver por ‘el camino de la vida’, ‘por otro camino’, distinto al de Herodes y sus masacres de inocentes. Que nos reúna este año una misma intención: la Paz de Colombia, la paz que solo los colombianos todos podremos construir”. Una reflexión que ojalá tenga cabida en medio de las animadas “tutainas”.

 

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