Por: Julián López de Mesa Samudio

La Navidad colombiana: patrimonio cultural inmaterial de la Nación

Independientemente de la cada vez más abrumadora y agresiva comercialización de la Navidad, existe un aspecto relacionado con la contemporánea vulgarización de la festividad que, si no es preocupante, es realmente triste. Es la pérdida de las tradiciones alrededor de la Navidad colombiana.

En 1985, la Navidad se celebraba de otra manera. En cada ventana de cada casa había un árbol kitsch de Navidad con adornos y colores alusivos a una navidad sin nieve, a una navidad del trópico, a una Navidad colombiana. Era, sin embargo, con los pesebres y los pequeños festines de la novena de aguinaldos como las casas y las familias de la cuadra, del barrio, de la unidad, ofrecían lo mejor de sí. En el 85, los pesebres eran barrocos, recargados de ornatos, animales de granja, lagos hechos con espejos y ríos de papel de estaño donde flotaban cisnes de plástico. Las figuras eran de distintos tamaños, pero a todos, desde el más pobre y humilde hasta el más rico y elaborado, se le había imprimido dedicación y paciencia. El pesebre era el orgullo de la familia que normalmente se reunía a armarlo junto con el árbol. El pesebre donde nació el niño, en Palestina, se convirtió en una escena del campo andino colombiano, lleno de montañas y verdor, porque en nuestra imaginación Jesús sólo pudo nacer en un lugar familiar y cálido, próximo a nosotros; por aquel entonces, nuestros campos estaban todavía cercanos a nuestros corazones y a nuestras imaginaciones y no se había cercenado la conexión con la tierra. Año tras año se le añadía algo más al pesebre: alguna casita, más animales, más luces y brillos para la bella escena de la natividad… al final, cada pesebre relataba la historia de la familia, de los años juntos, de los años que pasaron armando y desarmando la pasajera obra.

Si la Navidad colombiana no era bonita, nadie puede disputar que era auténtica. Algunos vestigios de estas Navidades, de estas verdaderas tradiciones culturales inmateriales perduran aún en ciertos barrios infortunadamente cada vez más periféricos, más influenciados por modas que hoy suturan las consciencias con motivos barrocos, pero de naturaleza imitativa, de un sincretismo forzado colindante con el mal gusto exacerbado que encuentra su mayor apoteosis en los motivos navideños de los centros comerciales (mariposas en medio de la nieve, renos aterciopelados, etc.). La simbología navideña de hoy es tan postiza que ha cambiado incluso el significado y la importancia de una fecha que si no era de recogimiento, por lo menos era de reunión, de optimismo y de cohesión social, pues buena parte de la Navidad se celebraba en comunidad. La novena la rezaba el barrio entero en los atardeceres. Usualmente, los adultos departían algunos minutos más y los niños tenían permiso de jugar más tarde que de costumbre; así comenzaron muchas amistades que perduran hasta nuestros días. La novena de aguinaldos complementaba el pesebre, y alrededor de ambos se generó una gastronomía propia, cara a las infancias de por lo menos tres o cuatro generaciones que aún subsisten.

En estos tiempos en que tanto se habla del patrimonio inmaterial de la Nación, de aquéllo que nos identifica como colombianos, vemos estas tradiciones desaparecer ante nosotros sin que hagamos nada. Hago un llamado desde la Atalaya al Ministerio de Cultura y a todos nuestros lectores para rescatar nuestra dulce Navidad colombiana.

 

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