Opinión |19 Dic 2012 - 11:00 pm
Espejos y cóndores
Por: Catalina Ruiz-Navarro
Es indudable que frente al problema de basuras en Bogotá hay improvisación, mala leche, y un urgente drama ecológico. Pero esta columna no hablará de eso.
Me parece inútil detenerse a escoger cuál de todos los culpables, entre los que nos contamos todos los habitantes de Bogotá, exhibe la mayor incompetencia. Propongo, en cambio, pensar en cómo de este proceso tan traumático ha quedado una profunda impresión sensorial y emocional de lo que significa realmente el problema. El martes Bogotá vivió un fenómeno estético sin precedentes, la basura estaba en todas partes, era real y era virtual, nunca jamás había estado tan presente.
En las aceras se arrumaban las bolsas de basura, desbordadas como si todos los perros de la ciudad se hubieran coordinado para escarbarlas. El frío viento bogotano soplaba con mal aliento. Los ciudadanos, en un “civismo” inusitado, alzaron sus teléfonos inteligentes y documentaron todo multiplicando y perpetuando la basura en Internet. Vivir esa explosión multisensorial y multimedial fue muy interesante. Una recopilación de las fotos que rotaron en redes sociales sería un documento estético y antropológico muy revelador.
Hablaría, por ejemplo, del inmenso escapismo de los habitantes de Bogotá que nunca habíamos tenido: un encontrón tan cercano de las 7.000 toneladas diarias de residuos, entre ordinarios e inorgánicos, que hacen dramático el problema de las basuras. Cuando se hablaba del Relleno de Doña Juana se hablaba en abstracto, era un lugar lejano, cuyos efectos nefastos sobre sus vecinos, que viven en condiciones infrahumanas, eran sólo un frío dato sin dolientes de carne y hueso. Cuando se hablaba de reciclaje sonaba como un ideal moral muy bonito que aplicaba para la conversación, pero no se veía en la práctica. El caos del martes enfrentó a Bogotá con sus desechos, y al hacerlo, Bogotá se enfrentó consigo misma: la basura da cuenta de todo lo que somos y lo que dejamos, la fetidez de nuestros desechos es especialmente insoportable, porque habla de nosotros mismos.
Es muy interesante que lo que unos minutos antes era un apetitoso desayuno ahora tenga el avinagrado buqué que conforman las colillas de cigarrillo, el café y las cáscaras de las naranjas juntos. Qué rápido se reemplaza nuestro placer con el asco. Ese instante en que decidimos que algo es “basura” es realmente un místico momento de una profunda gravedad ontológica. Ese objeto que era, ya no es, ahora es basura, lo que no queremos ver. Pero el martes, la experiencia estética de esa basura —no oculta, revelada— nos obligó a asimilar que la historia no se acaba cuando desechamos un objeto, que es una mentira cuando le decimos “no existes, ya no eres mi problema”, que hay un ciclo del que somos parte responsable y afectada. Hace rato que entendemos racionalmente que la basura en Bogotá es un gigantesco aprieto, pero se necesitaba una experiencia estética suficientemente incómoda para asimilar realmente la dimensión del problema. Nuestras decisiones sobre la basura nos desnudan como cultura, las bolsas de desechos son nuestro ser en negativo, un implacable espejo en el que todas nuestras acciones se reflejan y se nos devuelven.
Alejandro Obregón, pintor insigne de la plástica colombiana, pintaba inmensos y conmovedores cuadros de cóndores. Las imágenes del animal ilustre eran en realidad retratos de chulos, abocetados después de que Obregón pasara horas contemplando la humanidad en el basurero de Barranquilla. A los colombianos se nos olvida que elegimos como pájaro patrio al más imponente de los carroñeros.
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