Por: Juan Carlos Botero

Art Basel: simples ocurrencias

Lo bueno de Art Basel Miami es que cualquier persona, en pocos días, se puede hacer una visión panorámica de lo que está pasando en el polémico mundo del arte moderno. Lo malo es que el balance final, desde el punto de vista estético, es desalentador.

En esta feria, siempre hay una fracción de obras de calidad indiscutible y el resto es poco menos que basura. No obstante, gracias a que lo bueno está expuesto junto a lo malo y a que todo se encuentra en un mismo recinto, la diferencia entre lo bello y lo vulgar (y entre lo perdurable y lo efímero) salta a la vista. Por algo, las grandes obras se exhiben en la entrada de la feria, y el arte conceptual ocupa la trastienda.

En el arte moderno, impera un concepto que no había existido antes: todo vale. Hoy cualquier cosa es considerada arte, y por primera vez en la historia los criterios de valoración estética son tan laxos e indulgentes. Pero lo grave no es sólo eso. Cuando todo vale, además, la crítica resulta superflua. Porque, ¿qué sentido tiene que un crítico valore, oriente, analice o ilumine una obra cuando nada es malo, cuando todo es aceptable y válido (incluso la copia descarada), y cuando una caja de zapatos vacía es comparada con la Capilla Sixtina de Miguel Ángel o con Las Damas de Avignon de Picasso?

Por suerte, varios críticos de prestigio están rechazando esta farsa. Su oposición nace de sentir que gran parte del arte actual es un fraude, un engaño hecho por artistas mediocres, aliados con poderosas galerías, para estafar a clientes incautos. La tesis detrás de casi todas estas creaciones es ésta: hoy en día lo que importa en el arte es la idea y el concepto, no la ejecución de la pieza. Pero esa tesis es absurda. ¿Acaso no había ideas y conceptos en las obras de los grandes maestros de la pintura universal? Pensar que los cuadros de Goya, Tiziano, Bellini, Velázquez o Leonardo, para sólo mencionar unos pocos, carecían de conceptos, es risible. Las obras de estos colosos estaban atiborradas de ideas y muy profundas, además, expresadas en pinturas sublimes que lograban deleitar, conmover e inspirar al público, elevando su espíritu. Eso no sucede con gran parte del arte conceptual.

Por ejemplo, en Art Basel sobresalía la pieza de Candy Noland: una llanta de automóvil. El cuadro de Ricci Albenda: una pared blanca con una frase: “Yo sólo estaba pensando”. La foto de Colby Bird: una camisa blanca. La pintura de Ed Ruscha: un lienzo con dos palabras: “El fin”. La instalación de Gareth James: tres neumáticos de bicicleta. La obra de Raquel Garbeloti: ladrillos de construcción. Cada una de estas piezas, y cien comparables, se ofrecían en miles de dólares.

No todo lo que se nos pasa por la cabeza tiene el valor de ser llamado una idea. Una vez en el colegio, recuerdo, uno de nuestros compañeros menos brillantes alzó la mano, feliz. ¡Tengo una idea!, exclamó. El maestro, que lo conocía de sobra, dejó escapar un suspiro. A ver, Fulanito, preguntó. ¿Cuál es su idea? Entonces el joven la dijo, y aunque no recuerdo la tontería que propuso, jamás olvidaré la réplica del profesor: Ésa no es una idea, señaló. Es apenas una ocurrencia.

El arte conceptual se ufana de ser, a diferencia del mejor arte del pasado, un semillero de ideas. Pero la verdad es que no son más que simples ocurrencias.

 

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