Por: Cecilia Orozco Tascón

Uribe vs. Valencia, lección servida

Álvaro Uribe fue derrotado en un escenario impensable: la Comisión de Acusación e Investigaciones de la Cámara. Lo venció, con la sola arma de la decencia y la verdad, el exmagistrado César Julio Valencia Copete, quien había sido cuestionado por el primero cuando éste era el hombre más temible de Colombia.

En decisión tomada en mayo de este año y confirmada por el pleno en los últimos días de noviembre, la Comisión decidió cerrar el proceso que, por injuria y calumnia, se adelantaba contra el presidente de la Corte Suprema por denuncia del presidente de la República. Casi nada: la institucionalidad de la Nación en entredicho.

“Notificamos a usted que se profirió resolución inhibitoria y, por ende, una vez en firme, se ordena el archivo (definitivo) de las diligencias… como quiera que la presunta conducta imputada al denunciado no es reprochable penal ni disciplinariamente”, dice la comunicación del investigador constitucional de los mandatarios y de los miembros de los altos tribunales del país. Significa que una vez realizadas las indagaciones y escuchados los testigos de lado y lado, los comisionados no encontraron mérito para acusar al jurista de los delitos que su denunciante le endilgó. Es decir que el mentiroso no resultó ser el togado Valencia Copete, como gritaba Uribe a los cuatro vientos, sino otros.

La historia empezó desde hace 4 años, el 13 de enero de 2008, cuando El Espectador publicó la entrevista que el dignatario de la Corte le concedió a esta periodista. El título: “El presidente confundió mi cortesía con mis deberes”, que correspondía a palabras textuales del entrevistado; sus frases: “La llamada del jefe de Estado me causó profunda sorpresa. La Sala Penal acababa de llamar a indagatoria al doctor Mario Uribe. En ese momento, en tono alterado (Álvaro Uribe), me expresó su disgusto por algunas decisiones que venían tomando esa sala…”; la pregunta: “¿… él se refirió concretamente al caso (investigación en la Corte por parapolítica) contra su primo (Mario Uribe)?”, y la escueta pero contundente respuesta de Valencia: “Sí”, hicieron reaccionar con ira al aludido. De inmediato, éste demandó del representante de la Suprema una rectificación a la entrevistadora, tal vez porque calculó que ella era más fácil de enfrentar, o una retractación de lo dicho. No consiguió ni lo uno ni lo otro. Uribe presentó, entonces, la denuncia. Luego buscó, con desespero, que alguien ratificara su versión mientras terceros cercanos a él intentaban que el magistrado conciliara. Únicamente obtuvo una fofa declaración de su subalterna, la embajadora Claudia Blum. No obstante, se topó con otra embajadora más firme, Carolina Barco, quien se negó a afirmar lo que le convenía a él.

Concluido el caso, ahora puedo jurar que nunca dudé del relato del magistrado, dada su habitual rectitud e independencia. Incluso creo que fue discreto en sus respuestas (contrapregunta: ¿qué le dijo [Uribe] sobre el proceso [de su primo] y qué le contestó usted?”. Respuesta: “No quiero referirme más a ese punto”), por lo cual era soberbia y absurda la actitud del mandatario. Pese a ello, interpreto su motivación. El presidente venía de seis años de insultar a la Corte y no podía quedar al descubierto, como ha quedado, que las razones de su ojeriza a la Corte eran personales y políticas. Y que en cuanto a la vinculación de los congresistas con los paramilitares, estuvo —por la coincidencia de sus ataques verbales— de parte de los delincuentes más que de los jueces. Pesará sobre su conciencia. Con Valencia, en cambio, triunfaron sus defensores Ramiro Bejarano, Yesid Reyes y Alfredo Beltrán, tres profesionales del derecho que no venden su alma a los poderosos. Toda una lección.

 

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