Opinión |28 Dic 2012 - 11:00 pm
Conversaciones
Por: Juan David Correa Ulloa
Hay escritores para quienes el estilo es primordial. Los argumentos se componen por gracia del ritmo de las frases y del encuentro con las palabras adecuadas: escribir es más una cuestión de música que de argumento.
Así ocurre con estos veinte cuentos de Tomás González que llevan por título El lejano amor de los extraños (Alfaguara). González ha conseguido deslumbrar a sus lectores con seis novelas, un libro de cuentos y un poemario, y logra una vez más suspendernos en una especie de clima oral preciso, muy cuidado, como si el lector estuviera asistiendo a un puñado de escenas protagonizadas —en su mayoría— por el habla paisa —o caleña, en ocasiones—.
El libro se abre con uno de mis relatos preferidos. Se llama Luz de tus ojos y es, en verdad, tan cruel como amoroso. Es la historia de dos comprometidos para matrimonio: él es un hombre maduro; ella, una estudiante de bachillerato. Después de encontrarse, ella se da cuenta de una de sus infidelidades y en un arranque de rabia e intenso dolor le riega ácido en los ojos. Escrito como si nada grave estuviera sucediendo, con una cadencia tan natural en cada una de sus frases, uno no se siente leyendo la brutalidad de un hecho como el descrito, sino más bien un relato contado en la mesa del comedor, una anécdota familiar: una conversación, en todo caso. Y así son los restantes diecinueve relatos: tensiones en las relaciones de pareja, una proclividad de los hombres por la bebida, una cierta manera cínica de ser de las mujeres, una imposibilidad de acercarse a otros sin hacer daño. Como es usual en sus anteriores libros, aquí también están presentes los paisajes de su obra. De las ciudades intermedias paisas a Nueva York, o mejor, al ghetto colombiano de Queens. Precisamente, el cuento que cierra el libro se ocupa de una traición mafiosa, pero tiene como centro su título: Ghetto Palm: una extraña maleza que crece y no deja de crecer bautizado así, porque nadie la sembró allí. En verdad, creo que cada uno de estos relatos persiguen, como quería Hemingway, cosas distintas de su aparente resultado final. Ahí están en cada uno de ellos la lucha que González ha dispuesto siempre entre sus personajes: la luz y la oscuridad.
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