Opinión |29 Dic 2012 - 11:00 pm
El derecho a la pereza
Por: Rodrigo Uprimny
Así denominó el socialista francés Paul Lafargue un irónico y provocador ensayo que publicó en 1880, en el que se opuso al fervor por el trabajo que mostraban en su tiempo tanto la derecha como la izquierda.
Lafargue considera que el “amor loco por el trabajo” es la base de las infelicidades contemporáneas, pues justifica el incesante deseo capitalista de acumulación y crecimiento, que lleva a que algunos tengan que laborar jornadas interminables, en condiciones terribles, mientras que otros padecen la miseria y el desempleo, y unos pocos disfrutan del ocio pero derivado de la explotación del trabajo ajeno. Lafargue defiende entonces que la emancipación humana se logrará en el ocio universal, más allá del trabajo, por lo que hay que luchar por la reducción drástica de la jornada laboral a unas tres horas, lo que es posible gracias a los incrementos de productividad derivados de la revolución industrial.
En estos días, disfrutando del descanso decembrino, releí este injustamente olvidado manifiesto de Lafargue, junto con otros dos textos que había disfrutado también hace muchos años y que cuestionan igualmente la visión dominante, que desprecia el ocio como la madre de todos los vicios y exalta al trabajo, a la productividad y al crecimiento económico como valores incuestionables.
Uno es el Elogio de la ociosidad, de Bertrand Russell, un ensayo de 1935, en el que el filósofo inglés argumenta que la creencia en la virtuosidad del trabajo ha ocasionado mucho sufrimiento y que el “camino a la felicidad y a la prosperidad reside en una organizada disminución del trabajo”, para llegar a jornadas de cuatro horas. Aunque el lenguaje de Russell es distinto al de Lafargue, su argumento es semejante: la tecnología moderna permite que el ocio no sea una prerrogativa de los privilegiados sino un derecho universal, para que todos gocemos de las posibilidades de expansión individual que brinda el tiempo libre.
El tercero es un ensayo de 1972 del antropólogo estadounidense Marshall Sahlins, que califica a la edad de piedra como la primera era de abundancia. Sahlins hace un riguroso conteo de los tiempos de actividad y descanso de las sociedades recolectoras y cazadoras, como los bochimanes en África, y concluye que sólo dedican unas 15 a 20 horas semanales para obtener todo lo que necesitan. Y luego se dedican al goce y al descanso, pues se niegan a acumular. Estas sociedades, concluía Sahlins, tienen y desean mucho menos bienes que nosotros y en ese sentido son más pobres materialmente; pero en cierta forma gozan de mayor abundancia, pues satisfacen sus necesidades con menos esfuerzo y disfrutan de mucho más tiempo libre.
Estos viejos textos son pues una lúcida critica al enaltecimiento del trabajo, pues muestran que se trata de una ideología que justifica la lógica de acumulación, el productivismo a toda costa y el crecimiento sin límites, que reproducen el desempleo y la pobreza, a pesar de que los actuales niveles tecnológicos debían permitirnos a todos satisfacer nuestras necesidades y gozar de un mayor tiempo libre. Sus tesis se tornan aún más actuales si se tiene en cuenta que estos autores escribieron antes de que tomáramos conciencia de que nuestro crecimiento desenfrenado está ocasionando una catástrofe ambiental irreversible. Su lectura es no sólo un goce, sino que es intelectualmente esclarecedora. Y es una buena medicina para adictos al trabajo, como desafortunadamente tiendo a veces a serlo.
*Director de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.
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