Publicidad
Darío Acevedo Carmona 30 Dic 2012 - 11:00 pm

Política y religión, coctel explosivo

Darío Acevedo Carmona

La pretensión moderna de separar los asuntos del estado con respecto a los de la iglesia y a la política de la religión no ha dejado de ser conflictiva, y, creo, que está lejos de resolverse tal como lo pensaron los filósofos de la Ilustración.

Por: Darío Acevedo Carmona
  • 23Compartido
    http://www.elespectador.com/opinion/columna-394648-politica-y-religion-coctel-explosivo
    http://tinyurl.com/a4f7xo7
  • 0

Numerosos temas han sido resueltos en los casi dos siglos y medio de entronización de las instituciones republicanas, de las ideas liberales y de reinado de la razón como herramienta fundamental del conocimiento. Pero surgen nuevos asuntos en los que ese duelo entre el mundo tradicional y el moderno, que se sintetiza en la tensión entre el estado y la(s) iglesia(s), reaparece con inusitada fuerza y vigor.

De manera que uno puede pensar que el problema radica en la ausencia de continuidad y persistencia de los defensores de la Modernidad, cuando no de falta de consecuencia con los principios e ideales secularizantes. O, inclinarse por otra forma de entender el conflicto, a saber, que el choque entre el mundo antiguo, en el que predominaba la fe religiosa como único criterio de verdad y de moral y en el que la iglesia católica detentaba el poder político como expresión del poder divino, y el mundo nuevo, el moderno, afincado en bases filosóficas liberales, no se resuelve en un momento o acontecimiento, por capital que este sea, como la revolución francesa de 1789, ni en un periodo corto, tampoco como ruptura brusca como el que se da entre el día y la noche, sino que tal choque se mantiene vigente. Habría que reconocer, no obstante que las dos potestades no se encuentran en el mismo estado de cuando se inició el cambio. Hoy la iglesia en Occidente, ya que en Oriente la cuestión es al revés, está a la defensiva.

No quiero detenerme en este comentario a los espinosos temas que escandalizan a un sector importante de la sociedad occidental, como el matrimonio entre homosexuales, la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, el aborto y la eutanasia. Querámoslo o no, por la dimensión y el significado de las propuestas que se abren espacio en varios países, no hay consenso ni plena aceptación sobre la institucionalización o reconocimiento con fuerza de ley de estas iniciativas. En ellas se ponen en juego concepciones vigentes durante milenios, como que el matrimonio es entre un hombre y una mujer, que los niños deben pertenecer a una familia protegidos por un padre masculino y una madre femenina. Que en el aborto y la eutanasia está en juego el valor de la vida al que nuestra civilización le ha conferido estatus de bien absoluto y derecho incuestionable.

No todos los argumentos son de orden religioso o antireligioso. Pero hay algo que nos debe llamar la atención. Tiene que ver con el hecho de que los impulsores de dichas propuestas están en el deber de reconocer que en el diseño de las instituciones no se puede atropellar los sentimientos y creencias de quienes se oponen a esos cambios, a entender que no todo se puede reducir a calificarlos de tradicionalistas, godos y reaccionarios. El pensamiento moderno y liberal predica la tolerancia y es adverso al fundamentalismo. No renuncia a sus propuestas en las materias mencionadas, pero busca convencer por la vía del razonamiento y no de la fuerza ni el chantaje del adjetivo. La democracia moderna está obligada tanto a conformar el gobierno a partir de la voluntad de las mayorías como a respetar el punto de vista de las minorías.

Hemos alcanzado a discernir que el estado laico, regido por leyes elaboradas por los hombres, debe andar por un camino diferente al que transitan las religiones y las iglesias y a comprender que ello no supone, como llegó a decir la iglesia católica durante muchos años, que aceptar el nuevo orden de cosas significaba abjurar de la religión. Mientras la política es asunto público la religión es del fuero privado. Suena fácil, pero, no hay plenitud en esa separación. En muchos campos, temas y vivencias se cruzan ambas experiencias y producen choque de intereses y creencias. ¿Hasta dónde llega la una y hasta dónde la otra?

En Colombia sufrimos violencia en razón de prédicas religiosas antiliberales y de una alianza indebida del catolicismo con el partido conservador. Hay abundante literatura al respecto. Después de muchos años aprendimos, eso creo, a rechazar toda mezcla religión con política, a que no se debía por parte del clero abusar de la investidura sacerdotal. Pero, una tendencia ideológica dentro de la iglesia católica, llamada teología de la liberación, con aceptación de grupos de izquierda de distinto calibre, empezó a mirar con buenos ojos y a aceptar y defender la intromisión del clero en la actividad política. El resultado fue la emergencia de una gran sección roja en el aparato clerical que hizo política por la vía electoral y de las armas. Ahí quedó el testimonio de Camilo Torres, Domingo Laín, Vicente Mejía y Manuel Pérez.

Como colofón de esta digresión podemos decir que religión y política siguen entroncados y enredados en el juego de poderes y de intereses en la moderna sociedad y que su mezcla no deja de ser muy pero muy peligrosa y que sigue siendo válido el mensaje que invita al clero a cuidar su grey y salvar almas y a los políticos a gobernar sobre los asuntos mundanos.

A todos los lectores les deseo un feliz año nuevo.

 

*Darío Acevedo Carmona

  • Darío Acevedo Carmona | Elespectador.com

  • 23
  • Enviar
  • Imprimir
Publicidad
Publicidad

Suscripciones impreso

362

ejemplares

$312.000 POR UN AÑO
Ver versión Móvil
Ver versión de escritorio