Por: Daniel Pacheco

Un remiendo para 2013

¿Será que 2013 es el año del “fin del conflicto armado”? Un aura del fin del fin cubre este ciclo solar que arranca. La paz, por obvias razones, está en los propósitos y horizontes del país. Ahora sí, finalmente, parece que es posible.

Pero es un embeleco viejo. Una fruta muy deseada. Demasiado. Por mucho tiempo. Tal vez habría que apuntar a algo que cuelga más bajo, pero es más difícil de agarrar. Un deseo más moderno, incluso tecnológico, sin ser revolucionario.

Hace unas semanas leí un reportaje en el Wall Street Journal donde lanzan una provocadora hipótesis para explicar un estado de cosas paradójico en Estados Unidos: aunque las cifras de personas heridas por armas de fuego y armas blancas ha aumentado en los últimos años, la tasa de homicidios sigue en descenso.

“¿De un momento a otro todo el mundo se convirtió en un pésimo tirador?”, se pregunta irónicamente Jim Pasco, un expolicía que dirige un gremio con más de 300 mil uniformados.

Entre 2001 y 2010 el número de personas heridas con arma de fuego en Estados Unidos subió 47%. Pasó de aproximadamente 20 mil al año a 30 mil. Los estadounidenses son cada vez más violentos. Sin embargo, la tasa de homicidios disminuyó también marcadamente. En 2007 hubo 16.929 homicidios y en 2010 bajaron a 14.722, según datos del FBI.

Pasco responde que no. No es que los gringos se hayan vuelto peores tiradores, sino que ahora los médicos son mejores reparchando cuerpos agujereados a bala y cuchillo. La investigación del Journal muestra que años de entrenamiento obligado en heridas de arma de fuego en las guerras de Irak y Afganistán, y una modernización de los procesos de atención a este tipo de heridos han hecho que la tasa de muerte por un disparo esté hoy en 14%. Sólo desde 2007 cayó dos puntos porcentuales. Es decir, de 100 heridos con arma, hoy sólo mueren 14.

Un ejemplo de la capacidad estatal necesaria para hacer esto posible es que el 90% de la población de Estados Unidos, un país enorme y disperso, está a 60 minutos de un centro especializado de trauma, bien sea por ambulancia o helicóptero. Impresionante. Desde las montañas rocosas o los pantanos de Louisiana, hasta el centro congestionado de Los Ángeles, a una hora de un hospital.

Casi nadie quiere ser enemigo de la paz. Muchos nos mantenemos en la línea del optimismo moderado o escéptico. Pero si se trata de buenos deseos, tal vez más hace una ambulancia rápida y bien equipada en todos los municipios de Colombia que un acuerdo negociado. O colegios y profesores mejor dotados que una nueva desmovilización. O más vías que vías negociadas.

Porque así se llegue (y ojalá llegue) “el fin del conflicto armado”, creo que a nadie le caben dudas de que seguiremos teniendo un país con necesidad urgente de remiendos.

 

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