Opinión |7 Ene 2013 - 11:00 pm
Macrolingotes
Por: Óscar Alarcón
Situación similar a la que se vive hoy en Venezuela sucedió en nuestra también vecina república de Brasil, luego de la primera elección presidencial después de treinta años de la dictadura militar.
A comienzos de 1985 se realizaron unos comicios indirectos para la escogencia del jefe del Estado, resultando electo un político de amplia trayectoria, Tancredo Neves, candidato de una alianza de varios partidos constituida al comienzo de la democratización del país. Por ironías del destino (algunos lo achacan a una maldición, de la que son tan creyentes en ese país), el presidente electo se enfermó gravemente la noche anterior a su posesión, lo que le impidió asistir a ella el 15 de marzo, circunstancia que permitió que en su reemplazo lo hiciera el vicepresidente José Sarney. La salud del mandatario electo siguió complicándose y finalmente falleció seis días después. Lo que comenzó con votos terminó en sufragios.
La Constitución brasileña de entonces contemplaba que a falta del presidente asumía el vicepresidente, eventualidad que no prevé la Constitución venezolana, razón por la cual, ante la imposibilidad de hacerlo el presidente Chávez el próximo jueves, debe hacerlo el presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello, con la obligación de convocar a nuevas elecciones. Tratan de darle torcidas interpretaciones, cuando la norma es muy clara en ese aspecto.
Cuando Chávez se posesionó por primera vez, juró ante la que llamó “moribunda Constitución”. Hoy el moribundo es otro. Las constituciones son para respetarse, porque son rígidas y no genuflexas.
Así las cosas, quien debe posesionarse el jueves es el presidente de la Asamblea Nacional. Dios lo puso en el camino, por algo es Diosdado. Lo demás son inmadureces.
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Óscar Alarcón Núñez | Elespectador.com
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