Por: Eduardo Barajas Sandoval

Sacar a Siria de la Assad era

Negar la existencia de un conflicto, contra la evidencia del discurso contrario, de los muertos y de la destrucción, no solo es un acto de arrogancia autoritaria sino de miopía política.

Cualquier avance desde esa posición, en la dirección del reconocimiento de la existencia de una guerra, es apreciable en el desarrollo de un eventual proceso hacia la paz. Pero no basta con declaraciones ambivalentes que atribuyen la guerra a potencias extranjeras con aliados internos y por otra parte estiman que las rebeliones son apenas actos de indisciplina que merecen castigo ejemplar y que todo aquel que se oponga al gobierno de turno es un terrorista cuyo único destino es el de ser eliminado. Por ese camino la única salida posible a la confrontación sería la aniquilación física del oponente, que por lo general es imposible de conseguir. Por eso en algún momento es preciso renunciar al uso exclusivo de la fuerza, evitar el precio que una nación partida en dos tenga que pagar, y abrir de verdad una oportunidad par la negociación, para evitar que se siga sembrando odio, que no es sino la semilla de nuevas guerras.

 

Al reaparecer en público por los canales de la televisión, rodeado de cientos de sus adoradores en el teatro de la ópera de Damasco, Bashar al Assad, demacrado y desafiante, reconoció que su país está devastado por la guerra, pero reiteró su vieja y desgastada tesis según la cual lo que vive Siria no es una revolución sino un alboroto armado por agentes del terrorismo azuzados por potencias extranjeras. Fiel a la idea que transmitió en noviembre a la televisión rusa, en el sentido de que vivirá y morirá en su patria, el jefe hereditario del Estado trajo ahora al escenario la idea de que sus oponentes son “enemigos de Dios y marionetas fabricadas en Occidente” y al tiempo que advirtió que no negociará con camareros sino con jefes, llamó a todos los sirios a luchar contra los enemigos de la patria y sus aliados extranjeros.

 

Todo parece indicar que esta nueva reacción del asediado presidente no tuvo alcance mucho más allá de los muros del teatro mismo en donde sus áulicos, presa del terror de perder los privilegios que han acumulado a lo largo de varias décadas, le rodearon para dar la impresión de un apoyo popular que no es tan fuerte como para pensar que puede prevalecer, ni tan débil como para concluir que la derrota del gobierno está muy cerca.

 

Es muy posible que a las mil personas presentes en el espectáculo de la ópera les baste con Dios, Siria y Bashar, como salieron gritando al tratar de darle al presidente un refresco de apoyo popular cuyas proporciones son en realidad difíciles de establecer. Pero en las toldas de la oposición el nuevo discurso simplemente ahonda el sentimiento de que los avances del presidente son apenas retóricos y que sería inaceptable una conferencia para hablar del futuro del país sobre la base de su permanencia, así sea temporal, en el poder.

 

En las cancillerías extranjeras el efecto del discurso fue lo mismo de inocuo. Nadie dijo haber encontrado nada nuevo y positivo en la aparición de Assad. La portavoz de asuntos exteriores de la Unión Europea reiteró que la posición del significativo bloque de países que representa sigue siendo la de que el Jefe del Estado Sirio tiene que dejar el poder y facilitar una transición política hacia un nuevo régimen. Otros calificaron su intervención como de la más alta hipocresía y subrayaron la ausencia de credibilidad de lo que diga un presidente que ya en otras ocasiones ha dicho cosas que después no ha sabido cumplir.

 

Tal vez los nuevos sucesos, y en particular esta aparición inesperada del Jefe del Estado, pueden ser en realidad muestras de la efectividad del trabajo que está realizando Lakhdar Brahimi, el legendario diplomático argelino que ha sido capaz de poner juntos, para tratar el problema, a los más altos responsables del Departamento de Exteriores de los Estados Unidos y de su correspondiente de Rusia, el país verdaderamente clave en los nuevos desarrollos que pueda tener el proceso en búsqueda de la paz. Al tocar a las puertas que corresponde, y ante la evolución de los acontecimientos, con una oposición suficientemente fuerte para asediar al gobierno pero no tanto como para derrotarlo de una vez, y un gobierno con un cierto apoyo ciudadano pero dispuesto a usar sin piedad el aparato militar a su servicio, Brahimi está tratando de extraer el manejo del conflicto del escenario sirio para ponerlo en centros de poder que no solo tienen responsabilidades en la región, sino que tal vez son los únicos capaces de sacar a Siria de la encrucijada en la que se halla, sin vencedores ni vencidos, pero pagando cada día un precio muy alto por la intransigencia de quien no quiere aceptar que su tiempo de irse ya llegó.

Buscar columnista