Por: Fernando Araújo Vélez

Sentenciado a locura

Solía levantarse a las cuatro de la mañana para orar, mientras sus compañeros reclutas terminaban de dormir. Una Biblia, las manos extendidas, el rumor de sus conversaciones con Dios y el silencio.

Los ojos cerrados, su rostro negro elevado hacia el cielo, el torso erguido y el silencio. Su uniforme decía Ramallo y en el batallón de la Policía lo conocían como Pedro Luis, pero más allá de su nombre y apellido, lo señalaban con burla porque no hablaba con casi nadie, porque oraba, porque leía la Biblia y bajaba la mirada como única respuesta cuando querían provocarlo.

Una mañana lo fueron a buscar dos hombres de bata blanca. Pronunciaron su nombre en voz alta, intimidantes, y le ordenaron que los acompañara. Él preguntó por qué y a dónde lo llevaban. Ellos le respondieron que se calmara, que todo iba a estar bien, lo subieron a un carro y media hora más tarde lo dejaron en una habitación muy blanca, sin ventanas, ataviada apenas con una cama y una mesa de noche. “Ya volvemos”, le dijeron, y al marcharse cerraron con seguro la puerta. Regresaron tres horas más tarde con una enfermera que le dijo “tranquilo”, “no va a doler”, “todo va a estar mejor”. Le puso una inyección y le dejó un sobre con dos pastillas y un vaso de agua. Luego, muy luego, cuando su proceso era caso cerrado, supo que en el informe que habían llenado bajo su nombre decía “desequilibrio mental, aislamiento, paranoia, comportamiento esquizoide”. Comprendió que “alguien” lo había acusado, y otro alguien con más poder, sin pruebas ni preguntas, sin investigaciones, había procedido contra él.

En la clínica le inyectaron morfina y Tramal, y pasadas dos horas un capitán le hizo preguntas que él no pudo contestar. Estaba drogado, el capitán lo sabía. Lo había inducido. Al final de la sesión sonrió, anotó en un documento que el paciente Ramallo sufría de desórdenes mentales y se marchó a elevar su informe. Los jueces determinaron que el recluta Pedro Luis Ramallo era un peligro para las fuerzas de la Policía, que su caso no tenía apelación posible, y recomendaron su reclusión en una clínica de reposo hasta nuevo pronunciamiento.

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