Por: Felipe Zuleta Lleras

Bogotá y el infierno

En las últimas semanas del año, por razones de trabajo en Blu radio, trasmitimos desde la ciudad de Cali, a la que voy mucho pero en la que no había pasado una semana completa. Sin lugar a dudas ha cambiado bastante gracias al empujón que le dio el exalcalde Ospina, pues venía rezagada y muy mal manejada.

Ya se empiezan a ver las 21 megaobras y eso se nota en el espíritu de sus habitantes. Tiene todavía problemas grandes como la movilidad, pero me dio la sensación de que arrancó finalmente. Si bien el alcalde Guerrero no ha hecho mucho, al menos ha continuado las cosas con seriedad y honestidad. Es decir que Cali puede recuperar el tiempo perdido y convertirse en una ciudad vivible para su gente.

Estuve igualmente en Medellín en los últimos días y confieso que llegué muy triste a Bogotá, pues esa ciudad nos cogió una ventaja que no creo podamos remontar en muchos años, mucho menos con las dos últimas administraciones, que acabaron con lo que habían logrado hacer Peñalosa, Mockus y, en alguna medida, Lucho.

Medellín está divina, organizada, su gente es cívica, sus parques espectaculares, sus bibliotecas divinas, sus vías pavimentadas, sus edificios modernos, organizada en su movilidad. En fin, es una ciudad con una calidad de vida envidiable. Claro, finalmente ha contado con unos magníficos alcaldes y con una clase dirigente comprometida en su desarrollo.

Estuve en Pereira y me impresionó como se ha desarrollado. Pasó de ser una ciudad pequeña a una ciudad que muestra su desarrollo a pasos agigantados. Tiene nuevos viaductos y las obras se ven por todas partes.

Mejor dicho, y es triste decirlo, cualquier ciudad intermedia se ha vuelto un sitio ideal para vivir, porque Bogotá se nos convirtió en un infierno para quienes estamos acá. No viene ni siquiera al caso que enumeremos sus problemas, por todos padecidos. El caos es total, la desorganización colosal, las vías intransitables llenas de huecos, los andenes destruidos y la falta de civismo indescriptible.

Bogotá parece una ciudad maldita que venía desarrollándose a pasos agigantados y de la que alcanzamos a sentirnos orgullosos en algún tiempo no muy lejano. Pero la agarraron las mafias de la contratación y cayó en manos de un alcalde como Petro, populista e improvisador, y quien “gobierna” a través de sus trinos demostrando ser absolutamente un alcalde más mediático que administrador.

Y claro, cualquier crítica que se le haga la interpreta como el ataque de una clase burguesa que no lo quiere dejar gobernar. Eso debe ser porque Petro, por andar improvisando y defendiéndose, no tiene tiempo de oír las quejas de los ciudadanos que, como cualquier empleado, se echa tres horas diarias de bus para llegar a trabajar.

Sin duda alguna, si algún día esta ciudad se salva, no será por la “competencia” de sus alcaldes, sino por obra de un milagro, que, por lo pronto no se ve venir. Bogotá se convirtió en un infierno invivible para sus habitantes.

 

 

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