Por: María Elvira Bonilla

Al oído de los dueños de Interbolsa

Rodrigo Jaramillo es el primero de los responsables de la quiebra de Interbolsa en responder al llamado de la justicia. Compareció ante la Fiscalía el pasado jueves.

Lo harán también una veintena de directivos y funcionarios de alto rango de la que llegó a ser la mayor firma de comisionistas de bolsa del país. Las drásticas sanciones penales y económicas que habrán de producirse no bastan. Se requiere una revisión de las regulaciones y controles existentes para el sistema financiero que se muestran claramente insuficientes, cuando no simplemente ineficientes. Y más de fondo, una reflexión ética sobre el comportamiento empresarial y la legítima búsqueda de un beneficio económico, para denunciar y enfrentar el maquiavelismo económico, de que solo importan las utilidades, independientemente de los medios empleados para lograrlas.

El caso de Interbolsa es solo un ejemplo criollo de la codicia que desnudó la catástrofe de Wall Street en 2008, explicada con espeluznantes detalles sobre el cinismo con que a conciencia, a sangre fría, las entidades financieras engañaban a sus clientes, traicionando la confianza depositada, en el libro ¿Por qué me fui de Goldman Sachs?, escrito por Greg Smith, uno de sus ejecutivos estrella en “títulos derivativos”, un novedoso instrumento financiero que propició muchas de las trampas tendidas a los inversionistas. Smith terminó hastiado de ver cómo se fue imponiendo un cambio en la cultura empresarial en la que los intereses del cliente dejaron de importar en aras de las ganancias de la empresa por encima de toda otra consideración.

Se asqueó de ver el aprovechamiento de la crisis de Grecia con su estela de desempleo y hambre para enriquecer tramposamente a unos pocos y cómo los comportamientos que llevaron a las debacles de Lehman Brothers, JP Morgan, Maddox, que se tragaron un multimillonario presupuesto del tesoro norteamericano con el propósito de salvar al sistema financiero no se modificaron y hoy, luego de la crisis de 2008, el entorno de Wall Street es más tóxico y destructivo que nunca.

Smith no resistió y renunció públicamente el 14 de marzo de 2012, estando en la cúspide de su carrera como vicepresidente de operaciones para Europa, con sede en Londres. Simultáneamente apareció su testimonio como una columna en el New York Times que tocó las fibras de tres millones de personas en el mundo y fue la base de su libro, escrito desde las entrañas del monstruo. No ha querido nada distinto a prender las alarmas para que rectifique el camino torcido que tomó el sector financiero y específicamente Goldman Sachs, el más tradicional de los bancos norteamericanos de inversión, con 143 años de existencia. Camino torcido semejante al de Interbolsa.

A Greg Smith, un hombre que llegó a tener clientes activos con más de tres trillones de dólares en inversiones, le pesó más su conciencia que la ambición. Ojalá alguien de la cúpula de Interbolsa tuviera la estatura moral para destapar la verdad de lo que sucedió, un deber ciudadano para recuperar la confianza en un sector financiero que parece omnipotente y arbitrario, por decir lo menos. El daño moral para una sociedad puede resultar peor que las pérdidas económicas. A los directivos y dueños de Interbolsa les llegó la hora del resarcimiento con una sociedad perpleja. Tienen la palabra.

 

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