Por: Aura Lucía Mera

“Mi mamá me enseñó a escribir en la arena”

Cuando Patricia Lara me entregó hace unos días el libro de poemas de su hija María, titulado Después del horizonte, jamás me imaginé con lo que me iba a encontrar.

Lo empecé a hojear con ese pudor temeroso de no saber qué va a pasar, con un libro de poesías de la hija regalado por la mamá. ¿Y si no me gusta?, pensé. Hago el oso y digo una mentira, o me arriesgo a herir a una de mis mejores amigas.

Soy bastante rígida en mis gustos poéticos. Porque en la poesía no existen mascaras. La poesía no se puede maquillar. La poesía es implacable. O se desnuda el alma y se tiene el ritmo y la cadencia de cada palabra, que cae cada una por separado, como gotas espesas de aceite que no se pueden mezclar con el agua, o se convierte en una melosería de remolinos sin ton ni son, en los que si acaso se rima casa con pasa o se cae en desvaríos telúricos y rimbombantes. Y sobre todo la poesía escrita por mujeres me llevan a estar alerta como tigre cuando divisa una presa.

Amo a Kavafis, pero en la versión de Juan Ferraté. Las demás no las soporto. Amo a Miguel Hernández en su Oda a Ramón Sijé, a Antonio Machado, a García Lorca en su poema a Ignacio Sánchez Mejías que me revuelca en cada estrofa. María Mercedes Carranza, Maruja Vieira, Gabriela Mistral. Me tengo que poner en un estado de ánimo especial para leer poesía, porque cada verso me golpea el alma, y muchos días no estoy para golpearla ni estremecerla. También amo la prosa con cadencia tajante como la de Herta Müller. En fin, tengo mis resabios al respecto.

Inicié la lectura de Después del horizonte y quedé clavada en seco. Como si un corrientazo eléctrico me hubiera atornillado al sofá. Lentamente dejé que cada palabra me perforara. Sentí la cadencia lenta, esa música que tienen las palabras, esa música secreta que se deja escuchar y que cae al fondo de uno mismo, gota a gota, casi que taladrando el alma.

Llamé al día siguiente a Patricia. Casi no me salían las palabras. Estaba llena de ellas y no podía sacar ninguna. A qué horas, en qué momento María creció, y como ella misma lo dijo en su discurso de grado: “Para mí, la vida tiene sentido gracias a la poesía”. “Por las palabras que han estado ahí para salvarme las horas, para ahuyentar el tedio, para señalar lo importante”.

En un reportaje a María Jimena Duzán, le cuenta: “Mi mamá, de pequeña, me enseñó a escribir en la arena...”. “Para mí la poesía no ha sido una cosa que yo decido, sino que llega”. “La poesía te hace libre hacia adentro. Sí, es un libro tristísimo, que no sabría explicarle por qué... los poemas han ido saliendo, así, tristes”.

Para finalizar, quiero dejarles el final de uno de sus poemas: “El amor es un marinero sin anclas / que huye de la costa / pues le teme el amor / ese marinero triste que tanto sabe de naufragios”.

Después del horizonte, un libro para aquellos que aman la poesía limpia, dura, cadenciosa, musical en su tristeza, pero llena de los colores del mar al atardecer. Un libro para tener cerca y deleitarse en él. María, gracias por escribir.

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