Por: Óscar Alarcón

MACROLINGOTES

No soy muy dado a leer memorias de políticos contemporáneos, sobre todo aquellas de las que sospecho que no las han escrito ellos mismos.

No hay secretos de Estado porque no puede haberlos: el político que los contara quedaría estigmatizado para siempre con él mismo, con su partido y con su país.

En los EE.UU. la mayoría de los expresidentes han escrito sus memorias, con una única excepción, por razones obvias: John F. Kennedy. Hasta su sucesor, Lyndon B. Johnson (The vantage point). La costumbre no es nueva. Ulysses S. Grant, héroe de la guerra civil norteamericana, presidente de 1869 a 1877, las escribió por plata y sus editores fueron Samuel Clemens (Mark Twain) y su sobrino Charles L. Webster. Salió en 1885, poco antes de que muriera de cáncer, y su viuda cobró 400.000 dólares. Por supuesto que el libro fue muy bien escrito, gracias a la prosa de Twain.

Ronald Reagan también “escribió” las suyas (An american life) pero fue tan sincero en el acto de presentación, que dijo: “He oído que es un libro estupendo. En alguno de estos días lo voy a leer”. Tal parece que no alcanzó porque, precisamente, perdió la memoria.

Por supuesto que Nixon también escribió las propias en 1978 y lo natural hubiera sido que las vendiera con un CD de cortesía, con la grabación del Watergate, pero le faltó estrategia comercial para hacerlo. La gente comentó: “Hace cuatro años tuvo la oportunidad de contar la verdad gratis. Ahora cobra 19,95 por libro para contar la misma vieja historia”. Aparecieron sin ton Ni-xon.

De todas maneras, el único político que lo hizo bien fue Winston Churchill, quien no solo escribió cinco volúmenes sobre la Segunda Guerra Mundial, sino gracias a su buena prosa se hizo merecedor al Premio Nobel, pero de Literatura.

Por escribir sus memorias (My life), Clinton recibió más de diez millones de dólares y me cuentan quienes han tratado de leerla (cerca de mil páginas), que quedaron con la lengua afuera… y eso que no habló de la Lewinsky.
 

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