Opinión |18 Ene 2013 - 11:00 pm
Pequeños paraísos
Por: Diana Castro Benetti
Pequeños paraísos son esas cosas que nos suceden todos los días. Vienen empacadas en los sentidos y si disfrutamos o no de ellas, es más un asunto del matiz personal.
Los pequeños paraísos son los colores de las flores o las formas de las nubes; un árbol viejo y un trébol común. Otros pequeños paraísos pueden ser los sonidos de la lluvia, la música que escuchamos o los cantos de aves en la madrugada. A veces llegan envueltos en la cascada de un río o el vaivén de un mar cercano. Verdaderos paraísos son el aroma de la albahaca, el ajo a fuego bajo y el sabor sincero del limón. Paraísos únicos son el té de jazmín y la cáscara de la naranja amarga mezclada con chocolate.
Los paraísos gigantes o imperceptibles los escogemos días tras días, como también vamos escogiendo las miradas, las sonrisas y los recorridos en las pieles. Abrazos y fueguitos cercanos que no dejan al azar el pecado de un guiño y los precipicios de un giro. Escogemos toda semilla para hacer crecer los infiernitos que recorremos, o saboreamos cada uno de los frutos de los paraísos anhelados porque vista, tacto, olfato, gusto y oído son las habitaciones donde vive el destino y las rutas por donde se cuelan los aprendizajes. Son como estancias que ofrecen la perfección sin más exigencia que su recorrido.
Pero detrás de estas puertas, más allá de los sentidos, hay jardines interiores que son felicidad para quien los encuentra. Viven perdidos entre el ruido, las multitudes, las camas y los sofocos cotidianos como si fueran frágiles tesoros invisibles.
Todos los paraísos son pequeños y magníficos a la vez y cada quien vive los suyos. Los interiores son el oasis de muy dentro y contienen ese precioso gesto de inmensidad, infinitud y misterio. Los jardines interiores son esos reinos de inusitada belleza que le dan sentido a los sentidos mismos y es ahí donde maestros y aprendices, tiempos y espacios, astros y galaxias, montañas y mares, son el reflejo los unos de los otros. Es en estos pequeños paraísos interiores donde nacen todos los néctares, todas las aguas, todos los vientos. Cada jardín interior es la inmortalidad, el propósito del movimiento y el paraíso de las intenciones, las imaginaciones y las realidades. Tal vez por esto, y casi como un axioma, no resulta casual que paraíso y jardín hayan significado siempre lo mismo.
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