Opinión |23 Ene 2013 - 11:00 pm
Falacias y balas
Por: Catalina Ruiz-Navarro
Quienes defienden el porte y la posesión de armas para ciudadanos vuelven una y otra vez a su mejor eslogan: que no son las armas las que matan, sino las personas.
Eso a primera vista parece razonable, no es el lápiz el que dibuja, sino quien utiliza el lápiz. La diferencia es que la función primaria del lápiz es escribir o dibujar, y la del arma agredir a otro. Claro, el lápiz puede llegar a ser usado como un arma, que difícilmente será efectiva, salvo en manos de alguien con mucha pericia. Nadie discutirá, sin embargo, que quien adquiere un lápiz lo hace muy probablemente con la intención de escribir o dibujar, las funciones para las que es más eficiente; de la misma manera, quien adquiere un arma lo hace para agredir, agredirse, o para defenderse agrediendo a un tercero.
Ninguna herramienta es inofensiva, pero unas herramientas sí son más ofensivas que otras. Un arma no es una herramienta cualquiera, su función es amplificar el poder destructivo de esa voluntad humana que la anima, así que quien mata es la persona, pero la realización efectiva de su voluntad depende del arma.
Para defender el porte y la posesión de armas tampoco se puede usar el mismo argumento que para la legalización de las sustancias psicoactivas. El consumo de drogas es un comportamiento autodestructivo, la acción directa recae sobre el sujeto que la ejecuta, no sobre un tercero. Las balas rara vez son para quien hala el gatillo, hay menos muertos por suicidio que por masacres.
Un ejemplo obligado en el debate es Suiza, un país con muy pocos homicidios con armas de fuego y cuyos ciudadanos andan armados hasta los dientes. Ergo, se puede portar armas sin tener altos índices de este tipo de homicidios. Con esa conclusión simple se omite de entrada una verdad evidente: que portar un arma es condición necesaria para cometer un homicidio con arma de fuego. La comparación no es entre Suiza y EE.UU. o entre Suiza y Colombia, es entre una Suiza con armas y una Suiza sin, y la pregunta es si este tipo de homicidios disminuye.
La necesidad de poseer un arma puede venir de la sensación de inseguridad. Un ciudadano siente que el Estado no lo protege y por eso decide defenderse por su cuenta, una acción que en esencia es hacer justicia con sus propias manos. Esta necesidad la tienen los gringos, con un Estado fuerte que en general sí los protege y unos medios expertos en aterrorizarlos; y la tenemos los colombianos con un Estado incierto y muchas razones para desconfiar hasta de la policía. Por eso los paramilitares. Pero el modelo de la autodefensa no funciona ni en Ciudad Gótica, pues implica que sean los individuos, y no el sistema, quienes determinen quién es “malo” o una amenaza, y ya sabemos cuántos errores de juicio hay detrás de las motosierras. Lo más ecuánime siempre será que el monopolio de la violencia y la justicia estén en manos del Estado, débil o fuerte, pero mejor que las cacerías de brujas, las masacres y los paracos. Mejor un sistema unificado de justicia en el que participamos todos y que todos debemos y podemos vigilar (así a veces no funcione), que un disparo por capricho.
Pero poco importa que el discurso a favor del porte de armas tenga tantas falacias. Al final las armas son un gran negocio, pues quien las tiene, tiene el poder, y todos los argumentos se desmayan ante la realidad inerte de la carne atravesada por la bala.
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Catalina Ruiz-Navarro | Elespectador.com
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