Opinión |23 Ene 2013 - 11:00 pm
Casas por votos
Por: Rodolfo Arango
Al que no quiere sopa se le dan dos tazas.
El proverbio popular resume lo que le sucede al uribismo cuando el presidente Santos pone programas y ejecutorias al servicio de las ambiciones de su ministro Vargas Lleras, polivalente candidato presidencial, senatorial o posible jefe de campaña reeleccionista.
Ya no son sólo los cupos del Sena o los subsidios de Familias en Acción los que engrasan la maquinaria electoral, como en tiempos del ubérrimo mandatario, sino multiplicidad de programas gubernamentales los empleados para capturar votos: reparto de regalías, subsidios a jóvenes desempleados, a personas de la tercera edad o a familias sin techo. Al presidente Uribe, varias tazas de su propia medicina. Bien se habría podido ahorrar el disgusto de haber pensado cuando gobernaba que alguna vez podría llegar a ocupar el lugar de la oposición y sentir la injusticia de una competencia política desigual, cual tigre con burro amarrado.
“Tenemos que decidirnos si vamos por los votos”, “si vamos a seguir construyendo casas”. Eso dijo recientemente el jefe de Estado, saliendo al paso a las encuestas que muestran el favoritismo del electorado por Uribe. Desafiante, con la sagacidad de quien se sabe caminando al filo de la ley, el presidente Santos unge a su posible sucesor o jefe de campaña y le ofrece todo el respaldo de los programas de gobierno, en particular la bobadita de cien mil viviendas gratis a entregar antes de las elecciones del próximo año. Casas por votos. No se entiende cómo se pueda criticar al populismo chavista y alabar la inteligencia santista cuando se trata de actos de descarado clientelismo.
El país tiene una democracia de mentirillas. El Gobierno con su proceder le da la razón a la guerrilla cuando manifiesta que en Colombia no hay una verdadera democracia. La expresión de la voluntad popular queda sesgada cada cuatro años por el dinero y el abuso del poder desde el Gobierno. Esta ha sido la tradición en países atrasados como el nuestro que no han logrado separar la contienda electoral de dos factores esenciales en las democracias consolidadas: un servicio público profesional e independiente del vaivén electoral y unas leyes iguales para todos, que establezcan las cargas y los beneficios sin distingos de color político. Cuando la nómina del mayor empleador del país, que es el Estado, se pone al servicio de los votos y cuando los dineros de todos se mediatizan para alcanzar objetivos en las urnas, no puede hablarse seriamente de un régimen que respete la libertad y la igualdad de todos sin distingos de sus convicciones ideológicas.
Ya celebran los realistas de la política al presidente Santos como el gran estratega. Desconocen que cada artimaña electoral resta autoridad moral al Gobierno en la mesa de negociaciones con las Farc. A más clientelismo, menos democracia. Es tiempo para que un partido o movimiento político sin temor al umbral se apersone de la indignación general ante los desmanes del gobernante de turno que pretende, por sí o por interpuesta persona, mantenerse en el poder. Un partido o movimiento que promueva las reformas legales que el país necesita para construir una verdadera democracia —entre ellas la educación pública universal, gratuita y de calidad, la profesionalización de la función pública y la legislación y jurisdicción sociales—. El país clama por partidos fuertes y por una oposición cohesionada que sea una alternativa al uribismo y al santismo, grupos políticos con visiones estrechas del interés común y del bienestar general.
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Rodolfo Arango | Elespectador.com
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