Por: Carlos Granés

Savater novelista

A Fernando Savater se le conoce principalmente por sus actividades como filósofo y promotor de iniciativas cívicas en contra del terrorismo etarra.

Pero la verdad es que su labor no se limita al debate ético ni a arriesgar el pellejo denunciando la barbarie humana. Al igual que Voltaire, uno de sus más claros referentes, Savater ha cultivado el género teatral y la novela, y lo ha hecho con el mismo propósito de su mentor ilustrado: hacer reír mostrando lo ridículo (y peligroso) que se vuelve el mundo cuando las luces de la razón se apagan y la superstición se apodera del entendimiento humano.

El mejor ejemplo de ello es Los invitados de la princesa, su última novela. La trama del libro nos lleva a la fantasiosa isla de Santa Clara, donde un periodista vasco debe cubrir el Festín de la Cultura, una iniciativa de la presidenta de la isla, a quien, como suele ser usual entre los políticos, le importa un pito la cultura y sólo quiere sacar provecho de la promoción turística que conlleva el evento. Pero ocurre un incidente inesperado. El volcán Irineo entra repentinamente en actividad y la nube de ceniza obliga a cerrar el aeropuerto. Todos los invitados se ven obligados a permanecer en tierra. Y lo que es peor, a participar en el magno evento cultural.

Para entretenerse, los participantes se dedican a relatar historias. En ellas encuentran la cura para el tedio y para la indigestión, porque el Festín de la Cultura resulta ser una simple estrategia para promocionar a los cocineros locales. Savater se burla de la moda actual que otorga estatus de artista a los maestros de los fogones. Son creadores ideales para estos tiempos de esnobismo. Sus platos deconstruidos, nitrogenados y pirotécnicos suponen derroche y cursilería, pero nunca pensamiento. Un arte idóneo para un mundo infantilizado —otra de las puyas de Savater— en el que las nuevas tecnologías sirven para que los decanos de humanidades hagan circular jocosos fotomontajes del papa por la red, y no para que la gente se ilustre más. En un reino de niños, todos tenemos siempre la razón. Las opiniones son exactamente iguales y “los ignorantes pueden enorgullecerse de su ignorancia con igual derecho que los sabios de su sabiduría”. Es otra de las modas intelectuales que combate Savater: la de premiar la ignorancia en base al culto contemporáneo de la diferencia. El embeleso de la diversidad ha generado un gran olvido. Lo mejor que le ha pasado al ser humano no es diferenciarse sino parecerse. Es nuestra semejanza lo que nos muestra lo atroz que es la falta de libertad, alimento o salud aquí y en cualquier parte. Presentarse al mundo siempre a partir de la unicidad ha hecho resurgir el nacionalismo y el atavismo. Se premia a quien profesa que mañana se debe hacer lo mismo que se hizo ayer, y se amenaza a quien recuerda que el ser humano tiene piernas y no raíces.

En un mundo que ha olvidado las batallas dadas por los filósofos ilustrados en contra del fanatismo, la intolerancia y el poder abusivo de curas, profetas y caudillos de toda índole, la risa de Savater es un rayo luminoso en la noche posmoderna.

*Carlos Granés

Buscar columnista