Por: Patricia Lara Salive

¿Por fin, Obama?

¿Será que ahora sí, cuando ya no lo rondan ni la tentación ni la posibilidad de reelegirse, Obama va a gobernar como lo esperamos quienes celebramos el triunfo del primer presidente negro de uno de los países más racistas del mundo y llegamos hasta a acompañar en la noche de su primera elección, en noviembre de 2008, a sus compañeros de raza que, en el Harlem neoyorquino, el legendario barrio negro, bailaban con lágrimas en los ojos y coreaban sin cesar su lema: “Yes, we can!”, en esa madrugada añadido con un emocionado “Oh, yes, yes we did!”?

¿Será que ahora sí vamos a ver en el poder al Obama que soñamos?

Así lo esperamos quienes el día de su última posesión lo escuchamos decir: “Lo que nos hace ser excepcionales, lo que nos hace americanos, es nuestra lealtad a una idea: ‘Sostenemos que (…) todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, que entre ellos están la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad’”. Y más adelante añadía: “Seremos fieles a nuestra creencia cuando una niñita que nazca en la más penosa de las pobrezas sepa que ella tiene la misma oportunidad de tener éxito que cualquier otra persona, porque ella es americana, ella es libre y ella es igual, no sólo ante los ojos de Dios, sino ante nuestros propios ojos”.

De hecho, su reelección ha consolidado en manos suyas una gran capacidad de maniobra política para imponer sus programas más controvertidos por la derecha republicana, como su reforma a la salud, en la que ya se apuntó el primer triunfo sin necesidad de dar la batalla, pues el presidente de la Cámara, el republicano John Boehner, dijo que no insistirían en derogar integralmente dicha reforma, como lo había prometido en su programa Mitt Romney, porque la “elección había cambiado” las cosas.

Y en cuanto a la reforma tributaria, ya salió, bolígrafo en mano, a pedirles a los congresistas de uno y otro partido que lleguen a un acuerdo para evitar que el país caiga en el “precipicio fiscal”.

Y también parece que va a jugársela a fondo en garantizar los derechos de los homosexuales y en sacar adelante la reforma migratoria: “Nuestro recorrido”, dijo el día de su posesión, “no estará completo hasta que encontremos una manera mejor de recibir a los inmigrantes esforzados y esperanzados que todavía ven a los Estados Unidos como el país de las oportunidades”.

Esperamos que también nuestro presidente sea capaz ahora, sin la presión del tenebroso Tea Party, de cumplir otra de sus viejas promesas: la de eliminar la inhumana cárcel de Guantánamo. Y que ojalá este Obama 2 se atreva a levantar el bloqueo a Cuba, que para lo único que ha servido es para hacer sufrir a ese pueblo alegre y para facilitarles disculpas a los burócratas de turno que, así, han justificado 50 años de ineficiencias.

Y en lo que respecta a la droga, ojalá, también, Obama pueda abrirle espacio a su legalización, de modo que los países productores nos liberemos por fin de la violencia y de la corrupción que el apetito de Estados Unidos por el vicio nos genera.

Y en lo que tiene que ver con Colombia, ojalá el apoyo de Obama al proceso de paz sea contundente.

Sí, quiera Dios que, dentro de cuatro años, cuando deje el poder, la admiración que le tengamos a este hijo de inmigrante africano sea del tamaño de la emoción que nos produjo su primera elección.

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