Opinión |27 Ene 2013 - 11:00 pm
Diez años sin Juan Luis
Por: Santiago Montenegro
El jueves 6 de febrero de 2003, hacia las 4:15 p.m. y después de haber radicado con el ministro de Hacienda Roberto Junguito el plan de desarrollo del primer gobierno de Álvaro Uribe en el Congreso Nacional, los periodistas nos contaron que la avioneta en que viajaba hacia Popayán el ministro Juan Luis Londoño había perdido contacto con las torres de control.
Pasmados con la noticia, comenzamos una angustiosa espera que se prolongaría por una semana, una de las más aciagas y tristes de toda mi vida. Porque, además de la desaparición de Juan Luis, al día siguiente, pasadas las seis de la tarde, durante una misa por el ministro y sus compañeros desaparecidos, nos enteramos de que una bomba de gran poder explosivo acababa de estallar en el Club El Nogal, matando a muchas personas y dejando numerosos heridos.
Con la muerte de Juan Luis, Colombia perdió no sólo a un gran economista, sino a uno de sus mejores científicos sociales. En un medio donde había muchos macroeconomistas, expertos en teoría monetaria o en finanzas, Juan Luis volvió a poner sobre la mesa los problemas de la distribución del ingreso, la pobreza, los riesgos de la salud, el trabajo y la vejez. Y, además de sus grandes condiciones académicas, tuvo una gran vocación para las políticas públicas, como subdirector del DNP y como ministro de Salud, participando activamente en la elaboración de varias leyes, como la 60 y la 100, de 1993.
Su muerte también fue un duro golpe para el gobierno de Álvaro Uribe. Aunque no lo acompañó en su campaña — estuvo en la de Noemí Sanín—, Juan Luis hizo parte del grupo de tecnócratas que fue muy poderoso en esa administración, la cual, además de su sello tecnocrático, fue en su comienzo de verdadera concertación nacional, con presencia de amplios sectores y de líderes políticos que, más pronto que tarde, se convirtieron en sus férreos opositores.
Con el beneficio de la distancia, no me cabe duda de que, con la muerte de Juan Luis, la balanza empezó a inclinarse en la dirección opuesta y esos espacios tan amplios y fuertes que tuvo la tecnocracia en un comienzo, comenzaron a ser llenados progresivamente por la vieja y por la nueva clase política. Y, por supuesto, con su muerte perdimos sus amigos y conocidos. Porque Juan Luis era una gran persona, competitivo como todos, pero de buen corazón, simpático, lleno de anécdotas y de chistes y con una carcajada atronadora que lo anunciaba a donde llegaba. Pero, sobre todo, era una tromba, una máquina para producir hipótesis y conjeturas sobre los problemas económicos del país.
En donde se encontraba, en los seminarios académicos, en el consejo de ministros o en los cumpleaños y primeras comuniones de nuestros hijos, nos retaba a responder a sus ideas, a plantear nuevos proyectos de ley o a discutir los artículos recién publicados en las revistas especializadas. En los últimos días andaba angustiado por las cifras del desempleo y proclamaba que las grandes teorías las había reemplazado por una nueva, que llamaba LQF: lo que funcione. Y, porque lo recuerdo así —incansable, pensando, debatiendo y confrontando ideas, hasta el último minuto de su vida—, me lo imagino también como al labrador de Bernárdez, para quien la eternidad fue su primer domingo.
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