Opinión |28 Ene 2013 - 11:00 pm

Eduardo Barajas Sandoval

El fantasma de la impopularidad

Por: Eduardo Barajas Sandoval

Hay políticos que prefieren ser recordados por haber sido populares que por tener el valor de decir verdades o tomar decisiones que les hagan quedar mal en las encuestas.

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Rara vez aparece alguno que confiesa sus auténticas ambiciones, lo mismo que sus miedos, y que afirma que no se metió en el oficio de la política para ser popular. Cuando emerge alguien así, tal vez su país tenga mejores esperanzas, y sabrá a qué atenerse, en lugar de correr los riesgos del juego de los que ponen la publicidad por encima de todo y terminan actuando, desde dentro o fuera del gobierno, al son de lo que les digan los agentes promotores de su imagen.

Aung San Suu Kyi, la Premio Nobel de la Paz, que solo pudo salir de Myanmar luego de muchos años de reclusión en su domicilio, ha dicho que no entró en la vida política para ser popular. La afirmación de la recién liberada líder no dejó de causar sorpresa y ser vista como exótica en una época en la que las acciones de muchos políticos están guiadas principalmente por la propaganda y en la que gustarle a la gente parece ser más importante que expresar las convicciones propias, para no correr el riesgo de un descenso en la escala de la opinión.

Pero el exotismo de la señora Aung va todavía más allá, porque ha tenido que acostumbrarse a ejercer la política lejos de las posibilidades efectivas de llegar a gobernar. Y su acción no se ha desarrollado siquiera desde el ejercicio de una oposición como la que se conoce en las democracias occidentales. Por el contrario, le ha tocado actuar por muchos años desde la resistencia, obstinada y aparentemente infructuosa, contra un régimen que la ha proscrito y la considera su máxima enemiga al tiempo que le niega las posibilidades de concursar libremente por el favor popular.

Ese ejercicio de la política sobre la base de unas convicciones golpeadas permanentemente por la represión, y ese tesón en la defensa de ideales que no ha podido difundir en las aldeas de su propio país, tienen justamente el valor de guiarse por el fondo de sus creencias y no por lo que complazca al que le pueda dar alguna opción de conseguir sus objetivos, no importa por qué medio. Ese mantenerse en su línea, aún sin esperanza, en lugar de rendirse y abandonar el país o buscar la forma de congraciarse de alguna manera con sus contradictores, sería inaceptable por quienes, allá o en cualquier parte, no pueden esperar ni quieren pasar dificultades que consideran innecesarias en lo que estiman solo puede ser una fulgurante carrera hacia el poder.

Aung San Suu Kyi, vale la pena recordarlo, no niega que quiere llegar a la misma meta que los demás: tener la oportunidad de gobernar. Y sus actuaciones no tienen porqué entenderse como si fueran en contravía de ese destino, que tal vez algún día pueda conseguir. Pero si no lo hiciera, su vida política habría tenido plena validez. Y merecería en todo caso ser reconocida e imitada como un ejemplo de lo que puede ser una contribución a la vida de su nación desde la tribuna de su propia dignidad.

La posición de Aung merece ser no solamente reconocida sino imitada. Si los políticos obraran de manera similar, tanto en las contiendas electorales como en el ejercicio del gobierno o de la oposición, el escenario de la vida pública sería más claro. También las acciones de gobierno serían más trascendentales, porque no obedecerían a la salida a la carrera de coyunturas incómodas sino que permitirían decisiones de Estado, mejor insertadas en la historia y por lo tanto más perdurables, o al menos susceptibles de alimentar procesos de largo aliento.

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Opinión por:

chococruz

Mar, 01/29/2013 - 07:18
Yo plantearia que la cuestión no es de personas o individuos soñando en la popularidad, más bien el asunto es de sociedades y pueblos que ante su insignificancia buscan actores externos en donde volcar su inoperancia como estados o naciones fallidas. Un caso actual y perfecto como ejemplo es la figura del expresidente Alvaro Uribe, en quienes muchos han volcado sus frustraciones como individuos y creen que la autoridad moral y etica que este representa es la que va a salvar a esta patria confundida.

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