Por: Aura Lucía Mera

Adiós a las armas

El común denominador del Hay Festival, si se puede hablar de ello, fue el mensaje. Por lo menos en todos los conversatorios a los que asistí, se afirmó que por las armas y la violencia jamás se llegaría a una convivencia pacífica entre los pueblos.

Herta Müller, David Grossman, Sergio Ramírez, entre otros. Todos ellos de alguna forma han sufrido las tragedias de la guerra y las dictaduras de izquierda o de derecha.

David Grossman, uno de los escritores israelíes más leídos, que perdió su propio hijo en la guerra de Israel contra el Líbano, conmovió al auditorio del Teatro Heredia, cuando nos compartía sus pensamientos afirmando que “mi pueblo, nosotros los judíos que hemos estado errantes y perseguidos durante centurias, hemos aprendido a sobrevivir, pero todavía no hemos aprendido a vivir. Todavía los fantasmas del pasado nos encierran, y el miedo nos hace ver, muchas veces, donde no existe, al enemigo; por eso nos hemos asentado en una cultura de la defensa o el ataque”. “Yo no estoy de acuerdo con la ocupación forzada y muchas veces cruel de los territorios palestinos. Estoy por la creación de dos Estados. Somos dos razas, dos pueblos que tenemos infinidad de cosas en común. Podríamos complementarnos. Llevamos más de 60 años de guerra. Esto tiene que terminar. Está bien que tengamos un ejército poderoso, listo para defender lo que al fin tenemos, un hogar. Pero de allí a la ocupación existe un abismo. Sigo viviendo en Israel, cerca de Jerusalem, a pesar de los riesgos, porque al fin puedo decir que me siento en casa. Gracias a mi oficio de escritor pude seguir viviendo después de la muerte de mi hijo. Estaba escribiendo mi último libro precisamente seis meses antes de su muerte, y el libro trataba sobre una mujer que camina por pueblos incesantemente, creyendo que de esta forma logra proteger a su hijo que está en el campo de batalla. Yo también creí en ese exorcismo. Desgraciadamente en mi caso no fue así”.

Sergio Ramírez, combatiente, al lado de Ortega, luchó alzado en armas contra el régimen sandinista, incluso llegó a ocupar la Vicepresidencia de su país, pero pasaron los años y se dio cuenta de que “la utopía se esfumó, como fantasmas en la guerra, y mi país volvió a caer en un régimen de opresión por parte de aquellos que habían sido mis compañeros”. “La política ya no me interesa. Mi vida fue una revolución y a esa revolución se la llevó el viento. Sigo siendo político en el sentido de que me sigue interesando mi país”. “La perpetuidad en el poder garantiza la impunidad, pues jamás podrán ser juzgados por sus excesos y represiones”.

El chileno Arturo Fontaine se refiere en uno de sus libros a la historia de tres mujeres perseguidas, torturadas, que después se convierten en informantes, persiguiendo ellas mismas lo que tanto amaron. Quemando todo lo que amaron. “Ese odio que se despierta por haber creído en lo utópico. Ese odio de haber sufrido lo que se sufrió por haber estado en ese lugar”. Su mensaje es que no vale la pena matarse por nada y que la violencia no lleva sino a más violencia y más sangre.

Escribo estos apartes porque nos llegan en el momento preciso. Tenemos que unirnos todos los colombianos en una sola obsesión: la paz. Darnos la mano, respetarnos y vivir en paz.

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