Por: Andrés Hoyos

Acomplejados

Decía el hoy alcalde de Chicago, Rahm Emanuel, cuando era jefe de gabinete de Obama, que una crisis no se debe desperdiciar, aserto que viene como anillo al dedo ante el cimbronazo sufrido por Colombia el año pasado cuando la CIJ de La Haya falló de una manera que poco nos gustó por estos pagos tropicales.

 El fallo puede verse, no obstante, de otra forma, diciendo que a los países acomplejados los tratan como ídem y así les va, o sea, mal.

Para que un extranjero adquiera la residencia colombiana plena tiene que vivir en el país cinco años, y si luego quiere nacionalizarse y no es latino ni español, tiene que completar cinco años más. Son en total diez años, por ejemplo, para un inglés o un alemán. ¿Acaso estos países nos están enviando maleantes? ¿Por qué si no los espantamos de ese modo? Añádase que Colombia le niega la nacionalidad al hijo de dos extranjeros no residentes por más que nazca en pleno centro de Bogotá, norma ya cursi, como en general son cursis los obstáculos que nuestro Estado les pone a los extranjeros que, por primera vez en generaciones, están llegando con ganas de quedarse. Ni que tuviéramos el pedido de Suiza o que nos estuvieran invadiendo las hordas famélicas de la Tierra, en vez de ser un país que comienza a sacar la cabeza por encima de sus problemas ancestrales.

Lo anterior, sin embargo, es más el síntoma que la enfermedad. La enfermedad consiste en lo dicho: somos xenófobos por complejo de inferioridad. Dado que todos vienen a jodernos, lo mejor es sacarlos corriendo. Esta xenofobia tiene un corolario fatal y es que nos ha vuelto incapaces de forjar una política internacional que de veras consulte con nuestros intereses vitales. El ejemplo más notorio –y no queda de otra que machacar con el tema– es la facilidad con la que seguimos aceptando que Estados Unidos y la ONU impongan una prohibición que desata el narcotráfico, huracán que desde hace 30 años viene arrasando con la precaria democracia nacional. Tampoco, claro, contamos con una Cancillería dinámica y profesional que sirva para adelantar una estrategia internacional que merezca ese nombre. El actual ministerio apenas hace las veces de una agencia de empleos de alto perfil. No digo con ello que en todas partes estemos mal representados, pero sí que la política internacional colombiana es menos que mediocre.

Al rompe el problema parece afectar sobre todo a las élites económicas, políticas y sociales, si bien en realidad es de todo el colectivo. En las universidades, los gremios, las empresas, las ONG y la sociedad civil abunda como la plaga la ideología defensiva, según la cual todos vienen a robar y a aprovecharse del país.

Hablaba atrás de no desperdiciar la crisis. Pues bien, el fallo de la CIJ tendría que servir para darle un vuelto al servicio exterior, profesionalizando a fondo la Cancillería y dándole el obvio mandato de facilitar el asentamiento de los extranjeros que quieren quedarse aquí, bajo la premisa de que en su inmensa mayoría llegan para aportar valor al país. Las universidades, públicas o privadas, tienen que ser mucho más agresivas a la hora de volverse cosmopolitas. Necesitamos una gran apertura y no sólo de mercados.

Escrito lo anterior, apuesto a que concluirá el actual gobierno y seguiremos llorando el fallo de La Haya sin avanzar ni un centímetro en la asignatura pendiente de reformular nuestra política internacional.

 

 

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