Opinión |30 Ene 2013 - 11:00 pm
Tierra, armas y poder
Por: Rodolfo Arango
Mauricio Vargas tiene razón en reciente columna cuando afirma que la división de Santos y Uribe es ficticia y asegura la permanencia de la derecha en el gobierno de Colombia.
Uno y otro planean repartirse el poder a partir del 2014. En lo que se equivoca el exministro de Comunicaciones del presidente César Gaviria es en que las críticas de la oposición contribuyan a tal resultado. Por el contrario, gracias a voces críticas, coherentes y argumentadas, es posible ver otras opciones en el panorama futuro, sin importar que por el momento no tengan la acogida necesaria para conformar grandes mayorías.
Las dos claras propuestas políticas que tiene el país ante sus ojos, vistas las cifras y descartadas las declaraciones retóricas, son la del santismo-uribismo y la de la oposición de izquierda. El Gobierno estructura su visión de futuro sobre macroproyectos mineros y agroindustriales, de infraestructura vial y de liberalización del comercio, con una buena mezcla de asistencialismo para dar la impresión de tener sentido social. Pero las cifras de devolución de tierras no desmienten. La derecha, extrema o de centro, no abandona el uso de las armas para pacificar al país, la defensa del latifundio, la cooptación de los directores de medios ni las triquiñuelas electoreras —como la anunciada ley “chupeta”— para mantenerse en el poder. Las diferencias entre Santos y Uribe son de estilo, no de fondo: sirven a la economía extractiva y al capitalismo financiero y defienden estructuras políticas donde pocos votan por los de siempre que dominan tierras, comercio y ejército.
Desde el país profundo surge cada vez más clara una visión política opuesta a la anterior que busca la democratización de la tierra, la universalización de la educación, el rechazo de las armas (sean institucionales o revolucionarias), el fortalecimiento de la ciudadanía y la recuperación de la soberanía, en particular sobre los recursos mentales, naturales, alimentarios, industriales y financieros. El proyecto de izquierda democrática pasa por devolver la tierra, efectiva y no simuladamente, a los habitantes del campo, dar opciones de desarrollo alternativo, construir ciudadanía efectiva, profundizar el pluralismo y la participación política, y renunciar a la estupidez de las armas como medio de acceso al poder. Para la visión alternativa que persigue la oposición política el país necesita ciudadanos, no clientes; productores, no importadores; seres autónomos, no serviles hijos del miedo y amantes del autoritarismo y de la violencia.
Mientras maduran los dos antagónicos imaginarios colectivos, tendremos todos que seguir administrando una cruda y adversa realidad: si persiste el coctel de narcotráfico y falta de oportunidades no cesará la violencia. Incluso con acuerdo de paz, lo que todos deseamos, los grupos armados irregulares seguirán sembrando dolor y muerte, en especial donde la presencia institucional es inexistente. Al igual que parte de las Auc se transformó en bacrim, parte de las Farc se transformará en facrim (fuerzas armadas criminales) para disputarse o pactar el reparto de la cocaína y de los recursos naturales y mineros. Y todo bajo la mirada apacible de consumidores internacionales de droga, de gobiernos extranjeros ávidos de materias primas y expertos en dumping para promover sus exportaciones, y de actores públicos y privados dedicados a la especulación financiera.
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