Por: Gustavo Páez Escobar

Andanzas por Cuba (3)

Hace 51 años murió Ernest Hemingway, y su imagen no ha perdido actualidad en Cuba.

En La Habana vivió cerca de veinte años, primero en el hotel Ambos Mundos y luego en la finca Vigía. Se identificó de corazón con la tierra y la gente, hasta el punto de haber ofrendado la medalla del premio Nóbel a la Virgen del Cobre, patrona de Cuba. Parte de su obra literaria fue forjada y escrita en Cuba.

Visitamos a Hemingway en La Floridita, bar restaurante que frecuentaba al calor del daiquirí, bebida que ahora degustamos en su honor al lado de la escultura realizada por José Villa Soberón en la que el escritor aparece de cuerpo presente en la barra del bar. La Bodeguita del Medio, donde se solazaba con el mojito, es otro de los sitios más visitados por los turistas.

Hay un aspecto que mide el grado de pobreza de los cubanos y es el acoso que en las calles se ejerce hacia el forastero en demanda de un apoyo económico. Mi señora hizo una compra en un almacén de productos típicos, y al pagarla, la dueña le preguntó si podía regalarle jabones o cremas de dientes. Esta es una escena dolorosa que se repite en muchos lugares y a toda hora y que revela un estado social que no puede ocultarse.

Nuestros guías de turismo en el recorrido entre La Habana y Varadero nos dicen que esa actitud de implorar la limosna pública de los visitantes corresponde más a una costumbre o a un vicio que a una real necesidad. Como los guías son empleados del Gobierno, puede pensarse que sus informes o mensajes están sesgados.

¿Cómo esperar que con un subsidio de veinte dólares que otorga el Gobierno logre la gente obtener los medios básicos para subsistir? No se pueden adquirir los bienes de consumo sino hasta donde lo permita la lista que cada ciudadano recibe. Los médicos ganan un sueldo de veinticinco dólares, que en Colombia significan 45.000 pesos. Y no pueden salir de Cuba, pues a buen seguro se les negará el permiso, ya que según la última disposición, las autoridades se reservan el derecho de hacerlo para “preservar el capital humano creado por la Revolución”.

Unos de los mayores logros sociales dispensados por el régimen castrista son los de la educación, la salud y la vivienda. La educación es gratuita desde los primeros estudios hasta la universidad. Es un lujo que pocos países se dan. La campaña de alfabetización ha sido ejemplar. Hay vivienda gratis, pero el beneficiado no puede enajenar la propiedad. También se dice que la salud y las medicinas son gratuitas. Es una verdad a medias, sabiendo la escasez de materiales médicos impuesta por la situación económica del país. Los centros de salud registran muchas fallas.

Al pasear por las calles añejas, visitar los museos, conocer sitios peculiares como la tienda Romero y Julieta (donde se encuentran todas las marcas de los famosos puros y rones que tanto atraen a los viajeros), probar los platos típicos, disfrutar del paisaje y del trato amable de los cubanos, sabemos que estamos en un país de grandes sucesos históricos, de hondas tradiciones y agudos conflictos sociales. La música aflora en todas partes. El cubano padece sus infortunios con una canción en los labios. El ritmo le tonifica la vida.

Nos vienen a la mente varios capítulos sucedidos contra la libertad de expresión a partir del triunfo de la Revolución en 1959. Puede mencionarse aquí la persecución que ha tenido que padecer la clase intelectual por pensar diferente al régimen autocrático. Veamos:

José Pardo Llada se destacó como vehemente censor de la corrupción oficial del gobierno de Batista y miró con mucha simpatía la oposición de Castro. Después se desencantó de sus programas y se asiló en Colombia, donde vivió durante medio siglo, hasta su muerte. Guillermo Cabrera Infante, cuya famosa novela Tres tristes tigres es una larga noche habanera, fue otro seguidor de Castro y después se exilió en Londres durante cuarenta años. Sus libros estaban prohibidos en Cuba. Cuando falleció en el 2005, el Gobierno ignoró ese hecho. “Murió sin patria, pero sin amo”, dijo su esposa, quien agregó que algún día serán trasladadas sus cenizas a Cuba, cuando esta sea libre.

El poeta Heberto Padilla fue un decidido activista de Castro y tuvo alta figuración en el país, pero en 1966 adoptó una actitud crítica frente al despotismo que se había implantado. Y fue detenido por la lectura que hizo de su poema Provocaciones. A raíz de su encierro se produjo una fuerte protesta de famosos escritores de América y Europa. Se retractó de su postura anticastrista, agobiado por la presión que sufría en la cárcel. Logró viajar a Estados Unidos y allí murió de un ataque al corazón. El escritor y periodista cubano Juan Carlos Rivera, que se había identificado con la Revolución, años después cambió de parecer y se exilió en Buenos Aires, donde escribió una biografía muy precisa, y no autorizada, sobre Fidel Castro.

Se considera en más de un millón de cubanos el número que ha emigrado del archipiélago desde la época de las expropiaciones y nacionalizaciones. Un lector de estas columnas ofrece un juicio crítico sobre lo que sucede en el bello país caribeño: “Cuba desde el punto de vista de un visitante es una maravilla, pero vivirla es como una pesadilla en que no se despierta: cuando tienes educación, salud y casa gratis, no tienes comida, no tienes libertad de expresión, no tienes internet, no tienes aliciente espiritual ni religioso, no tienes dinero válido ni forma de conseguirlo a pesar de que ahora te dan una supuesta salida al extranjero”.

A Cuba hemos venido a contemplar sus fascinantes paisajes –¡qué lindos los atardeceres de Varadero!–, mirar de cerca sus costumbres y tradiciones, hablar con la gente y saber algo de su manera de vivir y pensar. Nos sentimos encantados con el pueblo cubano por su espíritu abierto y su franca hospitalidad. Pueblo jovial y sufrido, que espera salir pronto de la restricción de la libertad que ha soportado con resignación y estoicismo durante medio siglo, que es toda una eternidad.

escritor@gustavopaezescobar.com

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