Por: Juan David Ochoa

Dialéctica

Dice Hegel, en su interpretación dialéctica del tiempo, que los sucesos históricos retroalimentan su progreso en el espacio a través de la violencia y la perturbación para alcanzar un equilibrio siempre utópico, porque otra urgencia, en el diverso antagonismo de los hombres, pedirá otra destrucción para reconstruir sus nuevos paradigmas.

Lo sigue diciendo y confirmando entre los siglos posteriores al hito revolucionario francés, ejemplo usado por Hegel en su teoría, Y lo sigue diciendo y confirmando, aunque las múltiples fronteras y los hemisferios se alejen del centro europeo y de sus pautas, y aunque la fuerza de la diplomacia intente siempre apaciguar las erupciones de la furia.

En Colombia, parece revelarse, una vez más, la teoría. Un medio siglo parece claudicar con su esperpento mediático de ráfagas, masacres, y ataúdes, con su lógica antigua y reiterada de monstruos defensivos y reaccionarios, que en el intento de extinguir la causa principal con el exacto método de la barbarie, acumularon las balas, las masacres, y los ataúdes. El medio siglo del delirio parece entrar justo en el trance de los grandes cansancios de la historia, el trance en que los mismos intereses de la guerra se rinden también, dejando en las montañas del fango sus bastiones defendidos, así las treguas conocidas del pasado insistan en sus espejismos y el conflicto prolongado de la inequidad siga insistiendo en las violencias del hambre.

Mientras los diálogos esperanzados en el término ambiguo de la paz transcurren en secreto, el instruido sistema de la corrupción empieza a reventarse, estalla desde adentro, desde el núcleo mismo de las cúpulas nunca señaladas o visibles. Uno a uno empiezan a caer, como las fichas podridas de un antiguo ajedrez insostenible. Los generales de nóminas dobles entre la mafia y el estado, los principales escuderos del gobierno anterior, insondable en sus sorpresas macabras. Los ministros turbios, el vaporoso Ex comisionado de paz, que sigue temblando ante una nueva circular de la interpol, el charlatán oculto entre la sombra virtual, el esquizoide que delira aún con los fervores del poder, juzgado por todos, señalado por todos, tiembla también en el cerco de la historia, ahora que su esquema de fidelidad quiere rebajas de prisión desde las cárceles del norte.

El trance en el cansancio de la infamia y la venganza parece real. Parece entrar en proceso que cumplieron en el mismo siglo otros conflictos del mundo. Pero los círculos dialecticos de Hegel no sugieren el fin ni la clausura total de las perturbaciones. El microtráfico, invisible ante las cámaras, inmune a los operativos mediáticos, Los nuevos ejércitos formados entre mercenarios apolíticos, y esa marcha de guerrillas dirigidas hacia el desamparo en las ciudades, en la hipotética resolución del dialogo, confirmará, una vez más, que en Colombia la oscuridad es más profunda que los grandes pesimismos, y que otro siglo vendrá para erigir sólo el primer escalón de la decencia.

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