Por: Julio César Londoño

Firenze

Para tener una buena panorámica de Florencia hay que subir al atardecer a la Colina de San Miniato, el mejor punto para contemplar el escamado lomo rojo de sus techos.

Aconsejo mirarlo 45 segundos —las tejas a las tejas son iguales— y penetrar sin pérdida de tiempo a la iglesia de San Miniato al Monte, construcción que corona la colina, porque allí todos los días, en la penumbra del ábside, de manera gratuita y ante un puñado de fieles del barrio que asisten a la liturgia de vísperas, eleva cánticos medievales a su dios el mejor coro gregoriano del mundo.

Florencia es un pueblo de calles angostas, torcidas y llenas de un producto silvestre, el arte. Sus museos no son tan suntuosos como los de Londres o París pero el florentino vive orgulloso de que las obras de la Galería de los Oficios, digamos, no son botín de guerra de Napoleón, como las del Louvre, ni botín de guerra de Carlos V y Felipe II como las del Prado, ni compradas por las buenas como las del Museo de Arte Moderno de Nueva York. No. Son de artistas de Florencia o al menos fueron hechas allí, en la capital cultural del siglo XV, a donde peregrinaban talladores, vitralistas, mamposteros, tejedores, costureros, ebanistas, iluminadores, calígrafos, mosaístas, curtidores y taraceros de todo el continente.

De manera que no se extrañe si al doblar una esquina siente de repente el roce de las alas de un ángel despistado, o descubre de pronto que los faroles de las calles penden de las garras de hipogrifos de bronce, o desemboca en una plaza que agrupa sin alarde alguno diez esculturas ya míticas, o se tropieza con un bulto tirado junto a un semáforo que resulta ser un sátiro indolente y anacrónico sumido en su largo sueño de mármol. En la capilla más modesta se puede topar uno con los mosaicos de Vasari, un lienzo de Mantegna, un púlpito de Donatello, un santo de bulto de Ghirlandaio, un vitral de Masaccio, el monumento fúnebre a Dante Alighieri o el colosal domo de Brunelleschi que levita sobre el crucero de la catedral de Santa María del Fiore sin apelar a columnas, contrafuertes ni arbotantes, “sostenido tan sólo por alabeadas ecuaciones”, como especula Antonio Caballero (en realidad el domo se sostiene sobre sí mismo, como la fe).

Aunque no ha vuelto a producir otra constelación de genios semejante —no se puede parir renacimientos cada rato— Florencia conserva su rica tradición plástica. Es usual encontrar en las casas retratos magníficos pintados por alguien de la familia, y las artesanías, uno de sus principales renglones económicos, muestran gran cuidado en el detalle y sensibilidad por los oficios. Y si el arte florentino actual no pesa mucho en el mercado contemporáneo, es sólo porque sus artistas siguen vaciando su imaginación en formas clásicas, cuando lo que se estila es la búsqueda de una enésima deformación afortunada.

A veces se oye decir que se robaron una bicicleta, y uno se siente como en casa.

Tienen mañas romanas: en las iglesias hay obras sumidas en la penumbra que sólo pueden observarse introduciendo una moneda de dos euros en una alcancía. Entonces se enciende una luz que revela un fresco de Paolo Uccello, digamos. Cuando uno está encontrando los primeros puntos de fuga de la historia de la pintura, ¡clic!, se apaga la luz y hay que introducir otros dos euros.

Las ciudades se parecen a su historia, y esta no es la excepción. Una ciudad de artistas termina siendo una obra de arte; o mejor, un taller. Por eso es un tanto descuidada, porque no es un museo sino algo vivo. No es “una tacita de plata”, como Ámsterdam o Sídney. Es Florencia, un lugar perfecto para vivir... o morir.

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