Opinión |3 Feb 2013 - 11:00 pm
Vanidad que envilece
Por: María Elvira Bonilla
Confieso un descubrimiento literario tardío, pero maravilloso: la autora de origen ucranio, Irene Nemirovsky.
Nacida en Kiev en 1903, hija de un banquero francés, siendo niña comenzó su exilio familiar huyéndole a la Revolución bolchevique hasta encontrar refugio en Francia. Sin embargo, el fatal destino la llevaría a pagar con su vida su condición de judía, ser capturada en la ocupación alemana en tiempos de Vichy y terminar con su marido en el infierno de Auschwitz donde murió, ella de tifo y él en la cámara de gas. Tenía 39 años.
Sin embargo alcanzó, en su corta y atormentada existencia, a escribir mucho. En el 2004, sus hijas encontraron, en una maleta que guardaron cerrada sesenta años, el manuscrito de la Suite francesa, que se convirtió en un best-seller universal, traducido a 39 idiomas. Pero antes de iniciarse la persecución contra los judíos en Francia, Irene alcanzó a publicar una decena de novelas, entre ellas una fascinante: Jezabel.
A pesar de haber sido escrita en 1936, hace casi ochenta años, la realidad que recrea es absolutamente contemporánea. Irene Nemirovsky revela las entrañas de la tragedia que envuelve el culto a la belleza y la obsesión por la eterna juventud. El libro atrapa, con ritmo narrativo y una trama bien tejida desde la primera página, cuando Gladys Eysenach, una hermosa mujer y rica heredera, ya madura, se enfrenta a una juicio acusada por el asesinato de su joven amante.
Gladys Eysenach lo ha tenido todo en lujo y sofisticación. Ha recorrido Europa de fiesta en fiesta en los luminosos salones de fin de siglo en Londres y París, ajena a la amenaza la guerra que va a enterrar para siempre ese mundo de ensueño y privilegio, que por lo demás ha producido una gran literatura.
Frente a la rigidez de un juez, Gladys desnuda su vida. Hablará de su infancia, de su juventud, de sus amores, del desprecio a la maternidad y una hija que le marca, inevitablemente, el intolerable paso de los años. Una vida, la suya, acosada por una fijación irredimible a su belleza, a la fantasía de no querer envejecer. Gladys nunca perderá su compostura frente al juez, que la encuentra culpable, y aturdida pero sin titubeos pide que le imponga una sentencia ejemplar. Pero la clave de la historia no está allí. Está precisamente en ese misterioso joven, Bernard Martin, que la enloquece y atormenta porque sintetiza su tragedia, a quien mata afanosamente, de regreso de uno de sus deslumbrantes festejos en los que consigue olvidarlo todo.
Jezabel es una historia de narcisismo y egolatría. De vanidad irredenta. De la misma que atrapa y marca la vida contemporánea hasta conseguir determinar las dinámicas sociales, culturales, los patrones de consumo que analiza con lucidez Gilles Lipovetsky en sus libros: La era del vacío, El imperio de lo efímero, El lujo eterno, La felicitada paradójica, La sociedad de la decepción. Es un retrato majestuoso de lo que ocurre cuando la vanidad envilece. Un sino de nuestro tiempo.
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María Elvira Bonilla | Elespectador.com
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