Por: Álvaro Forero Tascón

¿A qué obedece la oposición de derecha?

Si a un extranjero le contaran que por primera vez en décadas se dividió políticamente el Establecimiento y se lanzó una oposición desde la derecha con posibilidades de éxito electoral, preguntaría cuál es el hecho trascendental que generó semejante cambio profundo.

Algunos responderían que ninguno. Que se trata solamente del clásico fenómeno del caudillismo latinoamericano, con ínfulas hegemónicas, que pretende mantenerse en el tiempo cancelando o utilizando la democracia. Basado en una interpretación personalista de la política, considera traición que el presidente Santos no le hubiera permitido cogobernar al expresidente Uribe. La realidad es que el gobierno actual ha cumplido con el mandato electoral que le encomendó Uribe, porque ha continuado los esfuerzos de seguridad —al punto de lograr éxitos militares superiores a los del gobierno anterior e indicadores mejores en reducción de homicidios—; también ha tenido éxito en mantener la “confianza inversionista”, puesto que la inversión extranjera ha sido superior en este gobierno que en el anterior —y se ha mantenido el modelo de desarrollo centrado en minería y petróleo que instituyó Uribe—; y ha continuado la mal llamada “cohesión social”, porque ha expandido programas sociales como Familias en Acción.

Lo que no continuó Santos fueron las políticas fracasadas del anterior, y que en campaña Uribe no pidió seguir. La internacional, que tenía al país al borde de la guerra con Venezuela, y que Santos anunció desde la campaña que cambiaría. La de relación con la justicia, que estaba en un punto de quiebre institucional, y que Santos también anunció anticipadamente que mejoraría. La de paz, insostenible ante el deterioro de la seguridad democrática, y que prosperó utilizando los contactos del consejero de paz de Uribe. La de tierras, que respondía a una emergencia social impostergable ante el desplazamiento de millones de campesinos de sus predios. Y medidas como nombrar ministro a Germán Vargas Lleras, que acompañó a Uribe en sus políticas durante ocho años y sólo discrepó de la segunda reelección, como hicieron la justicia y más de la mitad de los colombianos, según las encuestas.

Es decir, la oposición uribista se basa en que habiendo fracasado su intento de saltarse a través de un testaferro político el impedimento legal para conservar el poder, desea conseguirlo en el próximo período. Y ante la falta de banderas confesables, utiliza el vehículo populista de oponerse a la paz negociada.

Pero otros le responderían al extranjero que sí hay un hecho trascendental que justifica la dura oposición de derecha. El mismo que ha dividido al Establecimiento —como una falla tectónica— durante el último siglo: el problema de la tierra. Porque como en 1936 y en 1968, el poder nacional está metiendo mano para tratar de arreglar la tragedia secular del campo, que, dominado por el atropello y la violencia, es el hueco negro que no deja avanzar a Colombia, pero que el poder regional ha defendido siempre usando una combinación de formas de lucha, hasta ahora con éxito. Lo que se viene es una puja entre las élites urbanas por modernizar el país mediante la paz, y las élites rurales interesadas en mantener el statu quo mediante la guerra.

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