Por: Jaime Arocha

Malí y nuestra paz

Durante las últimas semanas, Malí ha ocupado las primeras páginas de la prensa, mas no como asiento de las altas civilizaciones que florecieron en África occidental desde el siglo VIII, sino reducido a estereotipos de miseria, barbarie y terrorismo.

Pocos han expresado su preocupación porque —digamos— los bombardeos franceses acaben con tesoros universales como el de la mezquita de Djenné, la mayor del mundo entre las hechas con barro.

Uno de sus filósofos más reconocidos fue Ahmadou Hampaté Bâ, musulmán respetuoso de otras religiones de la región. A los 80 años rememoró su infancia en Amkullel, el niño Fulbé. De él aprendemos que sus enseñanzas privilegiaron aquellas constantes de las muy diversas tradiciones africanas, como la “presencia [cotidiana] de lo sagrado, [la] relación […] entre los vivos y los muertos, [el profundo] sentido de la comunidad, [y el] respeto religioso por la madre”. Esas constantes son de una profunda raigambre histórica, la cual comenzó a llegar a las Américas entre 1530 y 1610, cuando la trata transatlántica involucró especialmente a los pueblos del río Níger. De ahí que pueda tener manifestaciones contemporáneas entre comunidades afrocolombianas.

Nacido con el siglo XX en Bandiagara, sus padres se divorciaron. A partir de entonces, llamó padre al hombre de afiliación tucoror, quien se casó con su madre y quien a su vez lo trató como criatura de su semen, nada distinto a los efectos del amor evidente entre familias nucleares recompuestas en pueblos del Afrocaribe o del Afropacífico.

En 1991, cuando llegó a su lecho de muerte en Abiyán, Costa de Marfil, a Bâ lo reconocían como uno de los más grandes maestros de la palabra ancestral. Por las noches, la oía en la casa de sus padres y al día siguiente se la transmitía a sus “pequeños compañeros de juego, haciendo así [sus] primeras experiencias como narrador; pero sólo algunos años más tarde lo haría de modo sistemático, cuando […] fundó [su] primera waalde, que agrupó sesenta chiquillos de su edad”. Las waaldes de allá equivalen a los kuagros o grupos de edad esenciales en la vida de San Basilio de Palenque. A ellas las visitaban poetas, maestros y maestras de la danza y el canto, genealogistas, músicos y sanadores reminiscentes de los médicos raiceros del Baudó, por sus habilidades de interpretar los sueños de los demás o de leer mensajes de la naturaleza como los de las “luminosas manchas que el sol proyecta a través del follaje”. Sostuvo que la desaparición de cada una de esas personas equivalía al incendio de una gran biblioteca.

Hace 20 años, líderes afrocolombianos nunca vistos en Bogotá irrumpieron para elaborar la que hoy conocemos como Ley de Negritudes (70 de 1993). No sólo sorprendieron a funcionarios del Estado con unas convicciones comparables a las de Bâ, sino que argumentaron que eran consecuentes con aquellas formas de convivencia pacífica que habían caracterizado a sus comunidades, y las cuales deberían volverse parte de la cotidianidad nacional. La sordera de nuestro Estado explica que hoy el Proceso de Comunidades Negras insista en reclamos comparables ante los negociadores de La Habana.

 

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