Opinión |5 Feb 2013 - 11:00 pm
Atalaya
Otro enigma político
Por: Fernando Toledo
Soy un apasionado del Tayrona; del bosque húmedo tropical, y del espinoso y de secano cuya preservación, en buena hora, consagró la Presidencia al suspender la licencia de un resort.
Me enajena observar algún ñeque, esa suerte de chigüiro enano, que se escurre por los senderos por donde ando con la fruición de un curioso y con el respeto de un devoto. Me fascinan las zancadas de las garzas, los desfiles de hormigas y los arroyos de agua dulce que, timoratos, se funden con el océano ante el pasmo de los cangrejos. Por ello, trato de pasar un par de semanas de cada año en ese paraíso. Desde hace un tiempo, aún durante el invierno que arrasó el país, han sido notables las mejoras de una infraestructura que les permite a millares de excursionistas recorrer el parque, sin contaminarlo. La convivencia con la naturaleza es admirable: emociona advertir, por ejemplo, cómo los senderos de piedra y madera son mantenidos, para evitar que se pisotee la flora, y registrar la presencia de canecas que soslayan los desparrames de mugre, educan y evitan que denigren el follaje las bolsas de plástico o los envases que son lugares comunes en otros parques.
El cuidado y la existencia de unas facilidades mínimas que dejan gozar de un patrimonio cultural y natural, sin socavar el hábitat y menos aún los derechos de los indígenas, se le debe a un concesionario como Aviatur que en el manejo del turismo y en el respeto al medio ambiente no está, ni muchos menos, improvisando. De hecho, no se puede comparar el estado actual del parque con el que tenía hace ocho años; por ello resulta enigmático que mediante una tutela se pretenda liquidar una concesión que funciona a cabalidad.
¿Será que los demandantes pretenden mejorar la administración? ¿O será, más bien, que las utilidades de la concesión, magras con seguridad, forjan pingües rencores? Acaso el asunto no pasa de ser una de esas dañinas leguleyadas de índole política. Ojalá quienes han de juzgar vayan al parque, vean su estado y hablen con los indígenas que deambulan libremente por él y que en muchos casos derivan su sustento de un turismo controlado, al igual que muchos otros lugareños, y que tienen la certidumbre, como representantes de unas etnias con derechos sobre el sagrado recinto, que este espacio que comparten con los colombianos sí llegará a ser la heredad de sus descendientes.
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Fernando Toledo | Elespectador.com
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