Por: Juan David Correa Ulloa

El editor

Cuando alguien habla mucho, se dice que no tiene editor. Cuando un libro sale imperfecto, y saltan a la vista sus costuras, también se habla de la falta de editor. El problema en ciertas historias, cuando lo hay, es del editor.

El autor parece ser una criatura divina a quien se le ocurren las cosas, y debe ser preservado, o excusado cuando algo sale mal. Claro, hay autores para quienes no existe la indulgencia de pensar que les falta editor y como son redomadamente malos, no necesitan ser excusados. Un editor en los días que corren parece ser alguien con demasiadas variables en qué pensar: ¿cuál es el mercado de este libro? ¿Tendrá lectores? ¿Podré venderlo en las grandes superficies? ¿O terminaré por rematarlo en alguna bodega perdida adonde van millones de libros maltratados? Hoy, sin embargo, los debates éticos sobre el contenido de los libros, y sobre la función y los límites del escritor, han desaparecido del panorama. ¿A quién le importa si la trama de un libro es escandalosamente parecida a la realidad? ¿Y qué es la realidad? La ficción, como lo anotaba Pascual Gaviria hace unas semanas en una columna sobre Operación E, una película que parece estar inspirada en la vida del hijo de Clara Rojas, y que torpemente buscó negociar con el personaje real, lo que se vende hoy como ficción. Ese debate, justamente, es el que aparece en las páginas de Ven, la más reciente novela publicada en español de la escritora danesa Jane Teller.

Un editor pasa una larga noche en vela, pensando en las implicaciones de publicar el libro de un poderoso autor de best sellers que, al parecer, está inspirado en la historia de una mujer que lo visita para denunciar el hecho. La historia, que presuntamente es un plagio biográfico, resulta tener coincidencias con conversaciones y artículos de prensa que la denunciante asegura están calcados en las páginas del libro. Y la historia tiene otras implicaciones: se trata de una agresión sufrida por una funcionaria de la ONU en un país africano que, de ver la luz, piensa la mujer, podrá poner en peligro la vida de decenas de personas. El editor parece reblandecerse. Pero como sólo ha ojeado el libro, tiene problemas de pareja, está cansado de leer y piensa en las ventas millonarias que podrá cosechar, el debate no tiene mayor sentido. Cuando amanece, a lo mejor, verá la luz. Como tantos otros libros. ¿Puede el arte ser acusado de alguna responsabilidad? ¿O está allí, precisamente, para servirse de las historias de los demás y transgredir la moral de la realidad? Todo es ficción.

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