Por: Gustavo Páez Escobar

La farsa de la tauromaquia

Carmen Méndez, presidenta de la Asociación para la Defensa de los Derechos del Animal –ADDA–, me envía de España el libro de su autoría que lleva por título Tauromaquia, el mal cultural. La entidad nació en 1976 y es la primera ONG española que se fundó para dicho fin.

Su órgano de divulgación es la revista ADDA Defiende los Animales, con 22 años de vida y con amplia circulación en España y otros países.

Carmen Méndez es una abanderada desde vieja data de la causa de los animales. Ha hecho parte en España de diferentes organizaciones de esa índole, y en Londres, de WSPA (Sociedad Mundial para la Protección Animal). Fruto de esa experiencia y de ese apostolado es el libro que comento, en el que hace un detenido análisis de los antecedentes históricos de las corridas de toros, a partir del circo romano, donde se practicaron los mayores actos de crueldad para divertir al público, hasta el momento actual, donde con los festejos taurinos se pretende que el espectador goce a costa del sufrimiento y la muerte de los animales.

La brutalidad del hombre llega a extremos abyectos cuando hace del dolor animal una fuente de placer. Eso son las corridas de toros. Sus defensores traen a cuento las obras de Goya que exaltan, según ellos, al toro de lidia como manifestación de arte al morir de manera cruel, cubierto de luces e infamia ante multitudes frenéticas.

Esa no fue la intención de Goya: lo que él quiso plasmar en sus pinturas fue la agonía estremecedora del animal, representada con gran colorido y realismo –como sucede en la serie Los toros de Burdeos–, para despertar la sensibilidad humana frente al dolor. Se trata de una condena y no de un encomio, que mal podía existir en quien como notable cronista de su época presenció trágicos sucesos como la Guerra de la Independencia (1808-1814). Y recogió en los cuadros y grabados que llevan por título Los desastres de la guerra todo un panorama de violencia, que censuró con sus pinceles maestros. Tomar a Goya como auspiciador o inspirador de las corridas de toros es una farsa. Es no saber interpretar su arte.

Así se tergiversa la verdad para apoyar la llamada fiesta brava (sinónimo de sadismo). La cual es un espectáculo grotesco y retrógrado que incita las bajas pasiones del ser humano y lo arrastra a la violencia. “La fiesta de los toros es la forma más brutal y sangrienta de distraer la atención del pueblo, desviándole de los verdaderos problemas nacionales”, dijo Eugenio Noel, escritor y periodista español, muerto en 1936. Ya desde aquella época, hace cerca de ochenta años –y más de dos siglos si nos remontamos a la vida de Goya–, se levantaban en España voces de protesta contra la tauromaquia.

España, según palabras de la propia Carmen Méndez, “siempre ha sido considerado como uno de los países más atrasados y bárbaros con los animales”. Copió lo malo de la cultura romana al llevar a su ámbito la sevicia ejercida en el horrendo circo de la muerte. Y lo trasladó a los países descubiertos en el continente americano. En Colombia, desde tiempos remotos echó raíces esta costumbre atávica, y cuán difícil ha sido erradicarla. Sin embargo, el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, acaba de dar un gran paso al prohibir el espectáculo taurino en la emblemática Plaza de Santa María, cuya construcción fue ejecutada en 1931.

En Cataluña se prohibieron las corridas a partir del 1° de enero del 2012, y la ciudad de San Sebastián busca hacer lo mismo durante el presente año. En otros de los ocho países donde aún subsiste la fiesta taurina se sienten movimientos ciudadanos que abanderan el mismo propósito. Al fin se acentúa este triunfo del toro contra la barbarie humana.

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