Publicidad
Esteban Carlos Mejía 8 Feb 2013 - 11:00 pm

Rabo de paja

Padura y Trotsky, el último profeta sin visa

Esteban Carlos Mejía

El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, (Tusquets Editores, 2009), es una obra ejemplar que merece encabezar el canon actual de las novelas históricas en español. Narra el destierro y el asesinato de Trotsky, muerto en Coyoacán, México, el 21 de agosto de 1940, a manos de Ramón Mercader o Jacques Mornard o Frank Jacson, sicario de Stalin.

Por: Esteban Carlos Mejía
  • 10Compartido
    http://www.elespectador.com/opinion/columna-403818-padura-y-trotsky-el-ultimo-profeta-sin-visa
    http://tinyurl.com/a25msw8
  • 0

Trotsky fue la pluma de la revolución bolchevique: presidente del Soviet Supremo, jefe del Ejército Rojo, fogonero de la revolución permanente y amante de Frida Kahlo. Se enfrentó a los poderes del mundo: “al fascismo, al capitalismo, al estalinismo, al reformismo, a los imperialismos, a todas las religiones y hasta el racionalismo y el pragmatismo”. No supo calibrar a Stalin y sólo se le opuso cuando ya era tarde. Padura relata su destino, mejor dicho, se lo inventa con rigor artístico, sin faltar a la verdad histórica y, mucho menos, sin deshonrarse como autor de ficción.

Para dar cuerpo a la novela, nos cuenta también la vida del escritor Iván Cárdenas Maturell en una Cuba que oscila entre el prosovietismo más abyecto y el “Período Especial”, cuando se vuelve “un país oscuro, paralizado y en vías de derrumbe”. Y, por supuesto, nos habla del asesino, Ramón Mercader, hombre de sombras, alma sin remordimientos ni escrúpulos. Son, pues, tres personas distintas de una sola ficción verdadera, en una trama que va y viene por el tiempo, la guerra civil española (1936 - 1939), la Perestroika (1985 - 1991) y el inquietante réquiem final, donde se revela la costura de la novela y se esclarecen ciertos misterios, siempre bajo una implacable mirada crítica a la momificación de la Revolución, con erre mayúscula.

Hago una digresión. (En Colombia hay buenos novelistas históricos. Al rompe me acuerdo de María Cristina Restrepo, Rafael Baena y Pablo Montoya, sin olvidar al farragoso William Ospina. El mejor, para mi gusto y con la venia de los otros, es Miguel Torres, cuya narratividad supera, incluso, a la verosimilitud de un Arturo Pérez-Reverte o un Eduardo Mendoza. A mi juicio, Pérez-Reverte, Torres y Padura forman una tríada digna de emular. En Un día de cólera (2007) Pérez-Reverte recrea con escalofriante minuciosidad el levantamiento del pueblo de Madrid contra las tropas napoleónicas el 2 de mayo. Torres, con El crimen del siglo (2011) y El incendio de abril (2012) usa los aprendizajes del arte teatral para imaginar un “Bogotazo” tan satánico como el auténtico 9 de abril. Y Padura, con maestría y sazón, reconstruye uno de los crímenes más pavorosos del estalinismo, a sabiendas de que “la venganza de la historia suele ser más poderosa que la del más poderoso emperador”). Cierro el paréntesis.

Al terminar de leer El hombre que amaba los perros uno queda con una sensación ambigua: o el naufragio del igualitarismo marxista o su resurrección, al menos en el pensamiento del último profeta laico. Final sin final, utopía sin utopías.

Rabito de paja: “Yo seguiré del lado de Espartaco, nunca con los césares”. Liev Davídovich Trotsky, 1939.

Rabillo: me encantan los precandidatos del capataz Uribe: todos malos. Chupamedias, soporíferos, neoliberales, recalcitrantes, sin votos. Pobres marionetas, pobre titiritero.

  • Esteban Carlos Mejía | Elespectador.com

  • 10
  • Enviar
  • Imprimir
Publicidad
Publicidad

Suscripciones impreso

362

ejemplares

$312.000 POR UN AÑO
Ver versión Móvil
Ver versión de escritorio