Opinión |8 Feb 2013 - 11:00 pm
La afortunada memoria de Emma Reyes
Por: Julio César Londoño
El suceso editorial de 2012 fue la Memoria por correspondencia, de Emma Reyes. Es la compilación de las cartas que la pintora Emma Reyes le envió a Germán Arciniegas entre 1969 y 1970, contándole su infancia.
Abandonada desde que tuvo memoria, Emma y su hermana Helena fueron criadas por una prostituta pobre que las mantenía encerradas en una pieza de inquilinato y las pateaba con regularidad. Las niñas son torturadas por la prostituta hasta la página 75, cuando son recogidas en un convento donde reciben golpes y burlas de las otras niñas internas, pero también de las religiosas, aunque, hay que reconocerlo, son explotadas 16 horas diarias como aseadoras, ayudantes de cocina, enhebradoras, bordadoras, zurcidoras, lavanderas y planchadoras, labores que le reportan jugosas entradas al convento. Creo que antes de Emma sólo Dickens, el gran explotador del sadismo infantil, había torturado niños con tanto esmero en la historia de las bellas letras.
Cuando la tensión decaiga, mate un niño, aconsejan los manuales. Dickens (“nuestra primera autoridad en todo lo que es de segundo orden”, según Wilde) descubrió que resultaba más eficaz azotar el crío desde el prólogo hasta la página 400, cuando el lector grita ¡basta, basta, por amor a Dios!
En honor a la verdad, hay que decir que Emma no incurre en las prolijas descripciones de las novelas decimonónicas ni en las sensiblerías de Dickens. No. Ella recibe azotes con estoicismo y hasta tiene el coraje de sonreír entre golpe y golpe.
Yo llegué a la mitad del libro sin mucho esfuerzo, pero también sin mucho placer. Sin esfuerzo, gracias a la agilidad de la narración, pero sin placer porque la tortura reiterada me fatiga, así la víctima sea una niña fea, pobre y bizca, como Emma. Y porque su prosa no tiene más virtudes que las ya indicadas.
Cómo explicar entonces el éxito del libro, “una obra tan perfecta que uno como crítico hesita en abordarla”, como escribe, excitado, Malcolm Deas en uno de los prólogos (debe ser uno un crítico muy sordo para que “hesitar” le suene mejor que “dudar”).
Aventuro varias razones. La primera estriba en que el libro fue publicado por una editorial pequeña, y los reseñadores odiamos las editoriales grandes, esas que nos chupan la sangre sin compasión, cual Dickens golosos.
La otra razón es que en el fondo la gente odia los niños, esos ángeles sucios y egoístas. Quizá por esto es que los padres pobres los mandan a trabajar en los semáforos, los ricos los ponen a recibir palo del profesor de piano y la clase media los somete al aprendizaje de las tablas de multiplicar.
También puede ser que los lectores están sorprendidos de que una pintora sepa escribir. Corrijo: que un cultivador de las artes plásticas, gremio con serios problemas verbales, sepa escribir.
La cuarta razón es que el género epistolar está condenado al fracaso por los siglos de los siglos por su espantoso nombre y por sus insoportables obras.
Pero su principal defecto es la falta de ficción. La realidad siempre necesita edición, incluso la de Emma Reyes (no sé de dónde sacó Piedad Bonnett, la autora del otro prólogo, que estamos ante una narradora “fantasiosa e hiperbólica”. Pero está bien, Piedad: un prologuista que no sea un pelín fantasioso e hiperbólico se queda sin trabajo).
Como dije arriba, a pesar de mi alergia a los niños, sólo pude llegar hasta la mitad del opúsculo. Una de dos: el libro es pésimo, o fui ciego a la revelación. Digamos entonces, como un señor delicado, que fui indigno de la memoria de Emma Reyes.
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Julio César Londoño | Elespectador.com
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