Opinión |9 Feb 2013 - 9:00 pm
Los vinos de la frontera norte
Por: Hugo Sabogal
No hay que volver a repetir que los grandes vinos del mundo se producen en Francia. Y si vamos más lejos, podríamos incluir algunos de Italia y España. Y por qué no de California, Australia, Chile y Argentina. Esa es y esa ha sido la escala habitual de valores entre millares de consumidores en el mundo.
¿Por qué no pueden pertenecer a esas grandes ligas los vinos alemanes, los austríacos y los húngaros? ¿Quizás debido a la distancia y al desconocimiento cultural, idiomático y geográfico de esas zonas? Sin duda, para los hispanohablantes —y en especial para los latinoamericanos de origen ibérico— esa es una razón poderosa. Otra es la falta de curiosidad de muchos consumidores contemporáneos, que se instalan en la comodidad de sus marcas y orígenes preferidos y no quieren traspasar fronteras.
Alemania, para empezar, produce algunos de los vinos blancos más finos del mundo —si no los más—, partiendo, casi exclusivamente, de una sola variedad: la Riesling, una uva blanca capaz de entregar vinos secos y dulces, con el encanto adicional de una elevada acidez, que le permite alcanzar el balance perfecto. También logra excelentes resultados con otras dos cepas blancas propias, la Müller-Thurgau y la Silvaner. El estilo depende, como en todos los casos, de la ubicación geográfica de los viñedos y de las derivadas condiciones climáticas, pues hacia el norte se logran vinos más frescos y ligeros, y hacia el sur, vinos de mayor cuerpo y estructura.
Otra sorpresa de Alemania son sus vinos tintos sureños, pues las mayores temperaturas favorecen a los cepajes con ciclos largos de maduración. Aquí sobresalen los elaborados con variedades como la Dornfelder (propia) y la Spätburgunder, que no es otra cosa que la Pinot Noir.
No quiero confundirlos con el complejo sistema de denominación de origen. Pero sí valdría la pena señalar que a mayor calidad, mayor complejidad y mayor peso en el componente azucarado del mosto.
La vecina Austria no se queda atrás. La variedad blanca más destacada es la Grüner Veltliner, capaz de ofrecer tanto vinos secos y frescos, como algunos de mayor cuerpo y un trasfondo mineral que potencia su complejidad y magnitud.
Aunque en menor cantidad, Austria también elabora vinos Riesling de pesados quilates, que poco le envidian a los alemanes o a los alsacianos franceses.
Un capítulo aparte merece Hungría, famosa por sus vinos dulces de Tokay Aszú —vino de reyes y rey de vinos—, cuya elaboración supera con creces a la mayoría de néctares similares en el mundo.
Debido a la proximidad de fuentes de agua, las uvas desarrollan la llamada podredumbre noble, que las deshidrata y aumenta su dulzor. Son vinos que producen la doble y apasionante sensación de recordar a frutas como la manzana verde y a cítricos, como la naranja, con un claro aroma a hongos. Con el tiempo, adquieren sensaciones a miel y a nueces.
Aunque los húngaros elaboran vinos secos blancos de enaltecida calidad, sus dulces, hechos con uvas autóctonas, como Furmint, Hárslevelú, Sárga Muscotály, son una de las maravillas del mundo del vino. Se clasifican por sus niveles de azúcar residual, que se miden en puttonyos, en una escala de 3 al 6, y de 60 gramos de azúcar por litro (el de 3 puttonyos) hasta el de 150 gramos por litro (de 6 puttonyos).
Y no puede dejarse de mencionar el Tokay Escencia, hecho con uvas tan deshidratadas que parecieran no albergar ni una sola gota de líquido en su interior. El jugo resultante —dulce y denso— puede tardar años en fermentarse. De allí su costo.
Definitivamente, la frontera norte del Viejo Mundo esconde tesoros para aquellos aventureros que no se conforman con lo que han probado hasta ahora.
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