Por: Catalina Ruiz-Navarro

La reina, por dónde va

La cumbia nació, por suerte, en lo que antes era el país de Pocabuy, un país indígena que se extendía a todo lo largo del río Magdalena (en ese entonces Tucurinca), conformado por El Banco, Chiriguaná, Mompox, Tamalameque, Chilota, Guamal, Chimí y Flaites.

Su elemento afro viene en parte del cumbé, ritmo y danza bantú de la isla de Bioko, pero también de una inmensidad de tradiciones africanas que, trasplantadas al Caribe por la fuerza, marcaron el latir rítmico de lo que hoy llamamos música nacional. La cumbia incorpora también al fandango español, en convulsionado sincretismo de la trinidad racial colombiana.

Sin embargo, la cumbia vino a asumirse como propia en todo el territorio colombiano a mediados del siglo XX, cuando grandes orquestas, como las de Lucho Bermúdez y Pacho Galán, influenciadas por las big bands neoyorquinas, la nacionalizaron, “traduciéndola” a formatos internacionales. Esto fue un síntoma de cambio en los habitantes de los núcleos urbanos del Caribe, donde nacía una nueva sensibilidad citadina que fusionaba elementos étnicos ancestrales con formatos y conceptos modernos. Las gaitas y los tambores son hoy un llamado estremecedor para cualquier colombiano; la cumbia nos conecta a todos, sin importar la pluralidad esquizofrénica de nuestros climas y regiones, como si fuera un rayo de sol que atraviesa la identidad de todo nuestro territorio.

Pero el sonido no es un objeto concreto, tiende a materializarse en las emociones y el sentir del cuerpo. Los cuerpos son territorios móviles, la música, entonces, sólo puede ser nómada, se transforma con las migraciones de la gente y de sus ideas, que hoy pueden estar en cualquier parte gracias a la virtualidad. Las cumbias y porros colombianos migraron a México a través del cine y los discos. La aceptación de la cumbia fue inmediata, y se esparció por amplias regiones del país. Los mexicanos le incorporan guitarras y teclados, y en otras variantes hasta acordeones. La cumbia llegó a todos los países latinoamericanos, hizo nido, se reprodujo mestiza con instrumentos locales, influyó en las identidades de los países latinoamericanos de un polo a otro, fue “chicha” o cumbia peruana y hasta “rock nacional” en Argentina. Hoy coexisten en América Latina todas las formas de cumbia en sus diferentes etapas, desde los grupos de tamboreros hasta la cumbia norteña, las bandas de viento y las grandes orquestas, en su versión de salón y su versión callejera.

Ahora la cumbia suena en todos los continentes. Esa aceptación extranjera la sacó del exotismo folclórico y la llevó a las discotecas y la bailan todos, ya sea con orgullo o con ironía. Ya no cabe en la dicotomía de lo propio y lo extranjero, es un patrimonio intangible que compartimos con el mundo, gestora y producto del mestizaje universal. Pero asumirla como nuestra, así fuera una falacia, fue también una fortuna. Implicó para Colombia un cambio profundo en nuestros imaginarios. La nación tuvo que dejar de pretenderse blanca, como la habían soñado las élites cartageneras y santafereñas, y tuvo que pensarse como multiétnica y pluricultural; una revolución identitaria que después se consagraría en la Constitución de 1991. Hoy podríamos declararla banda sonora del relato nacional, pero decir eso sería relegarla a un odioso cliché de nuestra idiosincrasia. Es pretencioso y limitante llamarla nuestra. No es la cumbia la que es colombiana, es Colombia la que es cumbiambera.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Catalina Ruiz-Navarro