Por: José Fernando Isaza

Constantes universales

En el área de la física son bien conocidas las llamadas constantes universales, que se caracterizan por tener el mismo valor en cualquier parte del universo.

Por ejemplo, la constante de gravitación G, que explica la caída de una piedra en la tierra o el período de rotación de una galaxia. La velocidad de la luz en el vacío, c, que mantiene su valor independientemente de la rapidez de la fuente que la emite o del lugar del cosmos. La constante de Planck, h, el factor proporcional de la mínima cantidad de energía que puede intercambiarse, es igual en un circuito integrado y en el interior de una estrella.

Parece que en el mundo de la política, o el de la arquitectura, también aparecen ciertos valores que tienden a permanecer inmodificables en el tiempo y en el espacio. Algunos cínicos han propuesto una nueva constante que, si bien no es universal, sí puede aplicarse a nuestro planeta. Se ha denominado I; mide la suma de los coeficientes intelectuales de los habitantes y visitantes de un edificio, I (1), y la magnitud I (2), que se deduce de los parámetros de construcción del denominado edificio inteligente. La hipótesis es I = I (1) + I (2).

La conclusión sencilla es preocupante: entre más inteligente sea el edificio menos tienen que serlo sus usuarios; por simetría, usuarios de un buen nivel intelectual no requieren realizar su trabajo en construcciones muy inteligentes.

Hace 10 años uno de los principales escuderos del recién elegido presidente sorprendió con la declaración de que, en las elecciones para el Congreso, los paramilitares habían elegido el 30% de simpatizantes. El país reaccionó sorprendido e incrédulo, pero a los pocos meses el jefe de los ejércitos paramilitares confirmó esta cifra. Hoy, el mismo escudero afirma que la lista uribista al Senado elegiría un 30% de sus miembros. Puede concluirse que la participación de la ultraderecha, armada o no, debe tener como representación el porcentaje antes citado, independiente del tiempo transcurrido.

C = F x raíz beta de (G). Se postula C como una nueva constante en el conflicto colombiano. F representa el número de efectivos del Ejército, G el numero de combatientes irregulares e ilegales guerrilleros y paramilitares. A medida que G disminuye por la acción del Ejército, F aumenta. Hace tres lustros había diez efectivos del Ejército por cada guerrillero; hoy hay cerca de 30 militares activos por cada guerrillero. Es de esperarse, como lo desean una mayoría de colombianos, que el proceso de dejación de las armas por parte de las Farc y su vinculación a la política sin recurrir al uso ilegal de armas, tengan éxito. Es vital que este hecho positivo no implique un aumento asintótico de F. Por el contrario, debe permitirse que el país adecúe el tamaño y el gasto militar a sus posibilidades financieras y a sus necesidades de defensa de la soberanía. La política de buenas relaciones con los vecinos es más efectiva y menos costosa que la de confrontación permanente, con movilizaciones fronterizas de las Fuerzas Armadas y compras masivas de armamento. Un ejército profesional y cada vez más respetuoso de los derechos humanos, como lo muestra la reducción de los asesinatos fuera de combate, es un objetivo que debe lograrse en un proceso de paz.

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