Opinión |17 Feb 2013 - 11:00 pm
El elogio de la dificultad
Por: María Elvira Bonilla
Las nuevas generaciones muy poco deben saber de Estanislao Zuleta, quien para muchos fue el pensador del siglo XX. Su biografía La rebelión de un burgués es fascinante.
Provocador y original, creía que no es la verdad la que os hará libres, sino la libertad la que nos hace verdaderos. Libertad para pensar, para disentir, para cuestionar y finalmente para actuar acorde con las convicciones, los principios y el respeto por la diferencia sin dejarse apabullar por oscurantismos ni fanatismos ideológicos de ninguna calaña.
Fue un batallador contra el miedo, contra las amenazas y el látigo de los poderosos, viniere de donde viniere, y entonces invitaba a eso, a vivir sin miedo. Un desafío, una tarea nada fácil. Porque el poder intimida, arruga, amedrenta, acobarda y confrontrarlo es un acto solitario e incomprendido porque el llamado suele ser más bien a defenderse acomodándose.
Pues a eso invitaba Zuleta y también a afrontar con entereza las dificultades. Y ese fue precisamente el tema que escogió como eje de su reflexión en el discurso con el que recibió a regañadientes y refunfuñando, en contravía de lo que más odiaba, la pantalla y el oropel, el doctorado Honoris Causa que le otorgó en 1980 la Universidad del Valle, donde además existe la cátedra Estanislao Zuleta.
Su vida de autodidacta lo había llevado a desarrollar una franca erisipela a las prácticas del aprendizaje formal; le estorbaban las aulas, los cátedras, las calificaciones y ni qué decir del autoritarismo profesoral. Fueron las inevitables urgencias pecuniarias las que lo forzaron a aceptar el título para asegurarse un ingreso mejor y entonces aprovechó la ocasión para sacudir el auditorio con su Elogio de la dificultad.
Suenan extrañas sus palabras en un tiempo en que impera la búsqueda por la vida fácil como un valor a resaltar. Donde aplaude logro final sin importar los medios, los resultados efímeros y rápidos sin los ideales que deben regir toda búsqueda. Zuleta dejó claro su repudio a los paraísos artificiales de felicitad de mentiras construidos con la publicidad y la televisión. Su llamado a la vida luchada: “En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido”.
Vivió lejos del bochorno superficial que tanto aletarga en este tiempo y que invita con sutil perseverancia a borrar a personajes como Estanislao Zuleta, para no mencionar otros tantos inconformes contemporáneos. Murió en Cali, de 66 años, acorralado por todo aquello contra lo que luchó: la sociedad establecida, los imperativos de su tiempo, los afectos asfixiantes, arropadores y su propia neurosis que lo puso a mirar más allá de lo que podía. Sin temerle nunca, eso sí, a la dificultad. Y al sagrado derecho a disentir.
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