Por: Daniel Pacheco

Harlistas: ¡uníos!

Luciano Maríb, el Iván Márquez de las Farc, llamó a los harlistas del mundo a unirse para apoyar el proceso de paz en Colombia. Parece una línea inspirada en una obra de Samuel Beckett, el escritor del absurdo irlandés.

Su llamado se dio ayer, cuando los periodistas en La Habana le preguntaron por la foto de él que salió publicada en Semana.com, donde aparece montado en una Harley Davidson Sportster de cinco velocidades, con su uniforme planchado y una cara de niño con juguete nuevo. Precisamente así explicó la foto Márquez: “Me hizo recordar la experiencia de los niños que, a veces, se hacen retratar en un caballito”.

Previsiblemente la imagen causó gran indignación. La moto costaba cerca de US$15 mil. La marca Harley Davidson es un ícono de la cultura estadounidense. Desde su manufactura a mano en las fábricas de Milwaukee, en el blanco estado de Wisconsin, hasta su simbología de una vida libre y sin muchas ataduras socialistas. Lo colectivo, cuando el viento está pegando en la cara a 100 mph, surcando la Ruta 66, es lo último que se pasa por la cabeza. Además, difícilmente cabe en un vehículo de máximo dos puestos. Y aun peor, avanzar “codo a codo con el pueblo”, como lo dijo Márquez en su discurso de Oslo, se convierte en una empresa muy riesgosa en una moto.

Sin embargo, hay algo desconcertante en la referencia a la niñez del líder guerrillero. Es fácil descreer de todo lo que dice en sus discursos, pronunciados con un tono impostado de revolucionario acartonado. Pero al hablar de la moto, no. “Me hizo recordar…”, dice Luciano, como escarbando entre su memoria. No es difícil imaginarlo como un niño de ocho años viviendo en Florencia, Caquetá, en 1963, siendo “retratado” en la plaza central sobre un caballito de palo.

¿Quién es Luciano Marín? ¿Qué quiere un tipo que ve una Harley Davidson en Venezuela un día, siendo miembro del secretariado de la guerrilla más poderosa del hemisferio occidental, y se monta para tomarse una foto?

Víctor Camarilla es un miembro de los harlistas latinos, cuando no está manejando taxi en Nueva York. Dice que su Harley es “un símbolo de las luchas que he tenido que dar para comprarme una moto, luego de 20 años de trabajo”. La historia de Camarilla, un inmigrante puertorriqueño, es parte de los relatos del video promocional de “estilos de vida” de la página de Harley Davidson. “Harlistas: una cultura de libertad”, anuncia la empresa. Y un poco más abajo: “Viviendo sin miedo. Derrotando las probabilidades. Logrando tus sueños”.

Es esperanzador pensar que Marín y Camarilla tal vez no son tan distintos, sino que nacieron en lugares y condiciones diferentes queriendo lo mismo. La cosa así podría tener arreglo.

O tal vez no. Tal vez lo de Márquez es otro absurdo. Para lo cual vienen bien las palabras de Beckett: “Todo intentado. Todo fracasado. No importa. Trata otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. ¿Diez mil Harleys para el fin del conflicto?

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